lunes, 3 de agosto de 2009

Jorge Teillier Sandoval (Chile, 1935-1996)

"Se sabe, sin embargo, que la vida es eterna"


OTOÑO SECRETO



Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y la tristeza ha sido un anillo perdido bajo nieve,
y el recuerdo una falsa esperanza de mendigo,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.
Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada por la turbia
memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer:
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.

De "Ángeles y gorriones", 1956


LA TIERRA DE LA NOCHE



Abrir una ventana es como abrirse una vena.
Boris Pasternak

No hablemos.
Es mejor abrir las ventanas mudas
desde la muerte de la hermana mayor.
La voz de la hierba hace callar la noche:
«Hace un mes no llueve».
Nidos vacíos caen desde la enredadera.
Los cerezos se apagan como añejas canciones.
Este mes será de los muertos.
Este mes será del espectro
de la luna de verano.

Sigue brillando, luna de verano.
Reviven los escalones de piedra
gastados por los pasos de los antepasados.
Los murciélagos no dejan de chillar
entre los muros ruinosos de la Cervecería.
El azadón roto
espera tierra fresca de nuevas tumbas.
Y nosotros no debemos hablar
cuando la luna brilla
más blanca y despiadada que los huesos de los muertos.

Sigue brillando, luna de verano.

De "El cielo cae con las hojas", 1958




ANDENES

Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.

De "El árbol de la memoria", 1961




SI PUDIERA REGRESAR

Si pudiera regresar,
recobrar la oscuridad
que sucedió al griterío de los invitados
cuando alguien apagó de un soplo
las velas de la torta de cumpleaños.
Saber por qué sigo soñando
con esa mañana de caza
y el ruido del disparo que volteaba las perdices
se mezcla al de un puñado de tierra
lanzado a un ataúd.

Si pudiera regresar
¿te encontraría más nítida
que en mi memoria fiel?
La manera de ponerte
una cinta en el pelo,
el tren donde subíamos,
la canción que silbabas
cuando preparaste desayuno:
«I walk alone».
Si pudiera regresar.

De "Poemas del país de nunca jamás", 1963




LOS TRENES DE LA NOCHE
1
El puente en medio de la noche
blanquea como la osamenta de un buey.
Entre la niebla desgarrada de los sauces
debían aparecer fantasmas,
pero sólo pudimos ver
el fugaz reflejo de los vagones en el río
y las luces harapientas
de las chozas de los areneros.

2
Nos alejamos de la ciudad
balanceándonos junto al viento
en la plataforma del último carro
del tren nocturno.
Pronto amanecerá.
los fríos gritos de los queltehues
despiertan a los pueblos
donde sólo brilla la luz
de un prostíbulo de cara trasnochada.
Pronto amanecerá.
En las ciudades
miles de manos se alargan
para acallar furiosos despertadores.

Pronto amanecerá.
Las estrellas desaparecen
como semillas de girasol
en el buche de los gorriones.
Los tejados palpitan en carne viva
bajo las manos de la mañana.

Y el viento que nos siguió toda la noche
con cantos aprendidos
de torrentes donde no llega el sol,
ahora es ese niño desconocido
que se despierta para saludarnos
desde un cerezo resucitado.

De “Los trenes de la noche y otros poemas”, 1964




LA PORTADORA

Y si te amo, es porque veo en ti la Portadora,
la que, sin saberlo, trae la blanca estrella de la mañana,
el anuncio del viaje
a través de días y días trenzados como las hebras de la lluvia
cuya cabellera, como la tuya, me sigue.
Pues bien sé yo que el cuerpo no es sino una palabra más,
más allá del fatigado aliento nocturno que se mezcla,
la rama de canelo que los sueños agitan tras cada muerte que nos une,
pues bien sé yo que tú y yo no somos sino una palabra más
que terminará de pronunciarse
tras dispensarse una a otra
como los ciegos entre ellos se dispensan el vino, ese sol
que brilla para quienes nunca verán.

Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,
palabras que esconden palabras más grandes.
Por eso te digo tras las pálidas máscaras de estas palabras
y antes de callar para mostrar mi verdadero rostro:
«Toma mi mano. Piensa que estamos entre lamultitud aturdida y satisfecha
ante las puertas infernales,
y que ante esas puertas, por un momento, llenos de compasión,
aprisionamos amor en nuestras manos
y tal vez nos será dispensado
conservar el recuerdo de una sola palabra amada
y el recuerdo de ese gesto
lo único nuestro».

De "Poemas secretos", 1965




CRÓNICAS DEL FORASTERO



XXIII

Para qué me preguntas. Todos moriremos.
Eso no me ayuda.
No, realmente no.
Gunnard Ekelof

Lo que importa
es estar vivo
y entrar a la casa
en el desolado mediodía de la vida.

El río pasa recogiendo la calle polvorienta.
Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra,
pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.

Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al
descargar un saco de trigo,
el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria,
escuchamos el trote de los ratones entre los sacos
dormidos en la bodega,
y el oculto resplandor de las cosas
tiene un secreto revelado por los aromos.

Escucho el pitazo del tren
cortando en dos al pueblo.
El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas,
donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar,
el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací,
y fue fundado como un Fuerte
para defenderse de los mapuches
(todo eso era nuestro Far West).
El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña,
y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.

Si me pidieran recordar
algo más allá de las calles donde di los primeros pasos
no sabría mucho que decir.

Creo que he estado en otros países.
He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados
como trasatlánticos
llevar rostros fatigados de un matadero a otro.

«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos
cantantes y luminosos» , escribió Alexander Block,
pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.

Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo,
pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo.
Puedo rezar sin creer en Dios.
A las noticias del día
suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas
o contemplar los gorriones picoteando maravillas.
De nuevo alguien ve derrochar
los yuyos su oro al viento.

Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese,
alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian
nuevas guerras,
alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Quedaré solo en un bosque de pinos.

De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos.
Podré pronunciar mi verdadero nombre.
Las puertas del bosque se abrirán,
mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales
que entran y salen de él,
y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.

Debo enfrentar de nuevo al río.
Busco una moneda.
El río ha cambiado de color.
Veo sin temor
la canoa negra esperando en la orilla.

De "Crónica del forastero", 1968




CARTA A MARIANA

¿Qué película te gustaría ver?
¿Qué canción te gustaría oír?
Esta noche no tengo a nadie
a quien hacerle estas preguntas.

Me escribes desde una ciudad que odias
a las nueve y media de la noche.
Cierto, yo estaba bebiendo,
mientras tú oías Bach y pensabas volar.

No creí que iba a recordarte
ni creí que te acordarías de mí.
¿ Por qué me escribiste esa carta?
Ya no podré ir solo al cine.

Es cierto que haremos el amor
y lo haremos como me gusta a mí:
todo un día de persianas cerradas
hasta que tu cuerpo reemplace al sol.

Acuérdate que mi signo es Cáncer,
pequeña Acuario, sauce llorón.
Leeremos libros de astrología
para inventar nuevas supersticiones.

Me escribes que tendremos una casa
aunque yo he perdido tantas casas.
Aunque tú piensas tanto en volar
y yo con los amigos tomo demasiado.

Pero tú no vuelves de la ciudad que odias
y estás con quién sabe qué malas compañías,
mientras aquí hay tan pocas personas
a quien hacerles estas simples preguntas:

«¿Qué canción te gustaría oír,
qué película te gustaría ver?
¿ y con quién te gustaría que soñáramos
después de las nueva y media de la noche?».

De "Para un pueblo fantasma", 1978




HERMANA



A Marín Sorescu



Vivo en la apariencia de un mundo
Tú no sabes ni puedes saberlo
Tú no puedes conocer a mi hermana.
Yo mismo apenas la conozco
Porque murió antes de que yo naciera
Y esa llaga adelantó mi llegada.
Por crecí antes de lo debido
Y la primavera rápida hojarasca
Y el verano un congelado reloj de arena.
Ya sólo puedo yacer en el lecho de mi hermano muerta.
El vacío de mi hermana me sigue cada día.
Cuando yo muera habré muerto antes de su muerte

De "Cartas para reinas y otras primaveras", 1985




UN HOMBRE SOLO EN UNA CASA SOLA



Un hombre solo en una casa sola
No tiene deseos de encender el fuego
No tiene deseos de dormir o estar despierto
Un hombre solo en una casa enferma.
No tiene deseos de encender el fuego
Y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
Y a él no le importa estar dormido o despierto.
La escarcha ha empañado las ventanas
Pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contara una vieja historia
A ese hombre solo en una casa sola.
Una historia como las que oía en su casa natal
Historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
Un hombre solo en una casa enferma.

De “El Molino y la Higuera”, 1993




QUÉ HISTORIA ES ÉSTA

¿Qué historia es ésta y cuál es su final?
Ya no quiero ser más vendedor de palabras.
Ya mi cabeza está demasiado aturdida
y mi canción es sólo un montón de hojas muertas.

Me da lo mismo la ciudad que el campo.
Trataré de olvidar los poemas y los libros
abrigaré mi cuello con una vieja bufanda
y me echaré un pan en el bolsillo.

Oleré a mal vino y suciedad
enturbiando los limpios mediodías.
Y me haré el tonto a propósito de todo.

Y sin tener necesidad de triunfar o fracasar
trataré que la escarcha cubra mi pasado
porque no puedo sino hacer estupideces
seguir caminando en estos tiempos.

(Adaptación de Serguei Esenin)

De "Hotel nube", 1996




ESTACIÓN SUMERGIDA



Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba;
quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra,
encima el cielo deshaciendo su cabellera.
Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida,
un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias.
De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras,
y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados
devorando las cerezas maduras del sol.
Propicio tiempo para levantar cruces de barro
en el pecho de mapuches asesinados, para los caballos crepusculares
que se extravían en las acequias.
Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos,
voy a beber grandes tragos de poemas silvestres
veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas,
aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos,
hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios
a las antiguas bodegas de la noche.
Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas
en torno a la mesa de los días,
desconozco el tren que me dejó entre ellas,
viéndolas alimentarse de cantos estrangulados,
persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio.
Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan
del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente.
Una ola invade mi habitación, recuerdo a mi vecina
cantando hasta que el cielo le llenaba las manos de azul,
yo no besé esas manos, yo tenía al viento cordillerano
arañándome, y la muerte oculta tras viejas y profundas fotografías.
Aferrado a un puente de madera,
inclinado sobre las venas turbias de la noche
pasan botellas vacías, libros oxidados de relecturas,
el barrio de las prostitutas pobres
donde cierro los labios por no decir mi nombre.
No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber quién soy verdaderamente.
Me gustaría despertar con los labios húmedos
como después de los largos besos de las sabias primas,
como si estuviese tomando café servido por mis hermanas.
Pero si abro los ojos también estaré sumergido,
pues la lluvia hace girar su pausado gramófono,
mientras hay un nevar de alas deshechas por los días,
velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta,
helada como parroquias y confesionarios que no se desprende,
si la pudiese deshacer un brillar de días felices.
Ahora lo sé, he estado siempre despierto,
mirando silenciosamente la estación sumergida
donde los huesos de las nubes hilachean los árboles.
Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos-
pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.
Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos,
mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
y confusamente respira en el mar del invierno.

De “En el mudo corazón del bosque”, 1997






Jorge Teillier Sandoval (Lautaro, junio 1935 – Viña del Mar, abril 1996)

Jorge Teillier Sandoval nació el día 24 de Junio de 1935, en Lautaro, Región de la Araucanía, al sur de Santiago de Chile, tierra de la ancestral raza mapuche, donde transcurrió su primera infancia, viviendo muy cerca de las líneas del tren. Hijo de Fernando Teillier Morín y Sara Sandoval Matus, nieto de colonos franceses (Georges Teillier Panellier nacido en Ruffec, Charentes y de Melanie Morin, de la misma zona de Francia) que habían llegado décadas atrás a esa región. Tuvo dos hermanos, Sara, que falleció a los 2 años y que no llegó a conocer, e Iván, quien compartió el gusto por la poesía con Jorge y que, de hecho, publicó algunos poemarios. Estudió pedagogía en Historia y geografía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en Santiago, adonde ingresó en 1953 y ejerció con tal título en el Liceo Lautaro durante 1 año. Muy tempranamente señaló su aptitud literaria, escribiendo poesías desde los 12 años de edad, aunque el mismo Teillier afirmaba que su primer verdadero poema lo escribió en Lautaro, en 1952, a los 16 años y lo tituló “Otoño secreto”. Trabajó también como periodista colaborando con diversas revistas y periódicos de Chile y dedicó prontamente su vida a la poesía. Así creó la Revista Orfeo de poesía, de la cual fue su director. Dirigió también la revista Clío y el Boletín de la Universidad de Chile. Un hermano suyo, Iván, gustó de su misma pasión por la poesía y publicó varios libros. Formó parte del grupo Trilce junto a Enrique Lihn, Efraín Barquero y Miguel Arteche.
Su residencia se movía entre el sur de Chile (su región natal) y la Región de Valparaíso, donde frecuentaba con sus amigos los distintos bares y restoranes de la zona, viviendo su bohemia con intensidad.
Contrajo matrimonio por primera vez con Sybila Arredondo, con quien tuvo dos hijos, Sebastián y Carolina. En segundas nupcias se unió a Beatriz Ortiz de Zárate, con quien estuvo hasta su muerte. Viajó con cierta regularidad tanto dentro como fuera de Latinoamérica, visitando Perú, México, Cuba, Panamá e Italia.
Su obre se hizo acreedora a varios galardones importantes, entre ellos el Premio de poesía Gabriela Mistral en 1962, el Premio Estímulo CRAV en 1963, el Premio Eduardo Anguita en 1993 y el premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile, entre otros.
Su obra poética vivencial, cargada de nostalgia (pero no de melancolía, una “alegre nostalgia” manifiesta en el anhelo de felicidad) y remembranzas de sus entornos originales, muy concreta y clara, llena de vívidas imágenes cotidianas llevadas a un realismo poderoso en imágenes. Su escritura clara y ausente de pomposidad hace que su poesía, nunca simplista, se lea con facilidad mientras evoca nítidas experiencias de vida. Algunos llaman “poesía lárica” a esta expresión poética, tan relacionada a su entorno material. Aunque su obra pugna por lo creativo, no escasea en estética, por el contrario, ésta aparece en forma natural en sus trabajos.
Vivió sus últimos años en ardua actividad poética, residiendo con mayor permanencia en La Ligua y Cabildo (Región de Valparaíso, Chile), en un viejo molino de madera (localidad de El Molino del Ingenio), visitado y visitando a sus amigos y colegas poetas con quienes sostenía animadas lecturas y tertulias.
Fue nombrado Hijo benemérito de la ciudad de Lautaro en 1994.
Murió a los 60 años en el Hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar el 22 de Abril de 1996 y sus restos mortales descansan en el cementerio de La Ligua. Días antes de su muerte había confiado a un amigo su último poema: “Si alguna vez mi voz deja de escucharse piensen que el bosque habla por mí con su lenguaje de raíces”.
Su obra poética:
-Para ángeles y gorriones, 1956
-El cielo cae con las hojas, 1958
-El árbol de la memoria, 1961
-Los trenes de la noche y otros poemas, 1961
-Poemas del País de Nunca Jamás, 1963
-Poemas secretos, 1965
-Crónica del forastero, 1968
-Muertes y maravillas, 1971
-Para un pueblo fantasma, 1978
-La Isla del Tesoro (con Juan Cristóbal, poeta peruano), 1982
-Cartas para reinas de otras primaveras, 1983
-Los dominios perdidos (Antología), 1992
-El molino y la higuera, 1994
-Hotel Nube (póstumo), 1996
-En el mudo corazón del bosque (póstumo), 1997
-Lo soñé o fue verdad (póstumo), 2003
También se ha publicado:
-La confesión de un granuja. Traducción con Gabriel Barra del libro del poeta ruso Sergéi Yesenin, en 1973
-Le petit Teillier illustré. Edición con poemas de Jorge Teillier y Germán Arestizabal con dibujos de G. Arestizábal, en1993
La invención de Chile, con Armando Roa, en 1994
Los trenes que no has de beber. Poesía de Jorge Teillier con ilustraciones de Germán Arestizábal, 1994
Poesía universal traducida por poetas chilenos, 1996
Prosas (recopilación de Ana Traverso), 1999
Entrevistas, 1962-1996 (recopilación de Daniel Fuenzalida), 2001
Póstumamente se han publicado varias antologías de Jorge Teillier




viernes, 10 de julio de 2009

Eugenio Montejo (Venezuela, 1938 - España, 2008)

"La tierra giró para acercarnos
giró sobre sí misma y en nosotros,
hasta juntarnos por fin en este sueño..."


HOTEL ANTIGUO

Una mujer a solas se desnuda,
pared por medio, en el hotel antiguo
de esta ciudad remota donde duermo.

Abren las sedas un rumor disperso
que se mezcla al follaje
de los helechos en el aire.

Se oyen llaves que giran en un cofre,
jadeos ahogados, prendas,
la inocencia de gestos solitarios
que beben los espejos.

A su tiempo la noche se desnuda
y las calles apiladas se doblan
en un vasto ropaje
con la fatiga de un final de fiesta.

Una mujer a solas tras los muros,
unos pasos, un oscuro deseo,
hasta mí llega de otro mundo
como alguien que he amado y que me habla
desde un ataúd lleno de piedras.


CANCIÓN

Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.


AMANTES

Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.

Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.

Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.

Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.


LA TERREDAD DE UN PÁJARO

La terredad de un pájaro es su canto,
lo que en su pecho vuelve al mundo
con los ecos de un coro invisible
desde un bosque ya muerto.
Su terredad es el sueño de encontrarse
en los ausentes,
de repetir hasta el final la melodía
mientras crucen abiertas los aires
sus alas pasajeras,
aunque no sepa a quién le canta
ni por qué,
ni si podrá escucharse en otros algún día
como cada minuto quiso ser:
más inocente.
Desde que nace nada ya lo aparta
de su deber terrestre,
trabaja al sol, procrea, busca sus migas
y es sólo su voz lo que defiende
porque en el tiempo no es un pájaro
sino un rayo en la noche de su especie,
una persecución sin tregua de la vida
para que el canto permanezca.


SETIEMBRE

Mira setiembre nada se ha perdido
con fiarnos de las hojas.
La juventud vino y se fue, los árboles no se movieron
El hermano al morir te quemó en llanto
pero el sol continúa.
La casa fue derrumbada, no su recuerdo.
Mira setiembre con su pala al hombro
cómo arrastra hojas secas.

La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta.
Nadie nos preguntó para nacer,
¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron?
Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo
se mezclaron al tiempo terrestre.
Los árboles saben menos que nosotros
y aún no se vuelven.
La tierra va más sola ahora sin dioses
pero nunca blasfema.
Mira setiembre cómo te abre el bosque
y sobrepasa tu deseo.
Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas,
no dejes que una sola se te pierda.


ESCRITURA

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.


DURA MENOS UN HOMBRE QUE UNA VELA

Dura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.


DOS REMBRANDT

Con grumos ocres pudo el viejo Rembrandt
pintar su último rostro. Es un autorretrato
en su final. hecho de encargo
para un joven pintor de 34.
(El mismo Rembrandt visto en otra cara.)

Puestos cerca esos cuadros
muestran en igual pose las dos bocas,
unos ojos intensos o vagos,
las manos juntas en el aire
y el tacto de colores
con hondas luces que se rompen
en sordos sollozos apagados...

Rembrandt en la vejez, al dibujarse
supo ser objetivo. No interfiere
en los estragos de su vida,
ve lo que fue, no afiade, no lamenta.
Su alma sólo nos busca por espejo
y sin pedirnos saldo
se acerca en sus dos rostros,
pero quién al mirarlos no se quema?



Eugenio Montejo (Caracas, Venezuela 1938 – Valencia, España 2008)

Nació en Caracas el 18 de Noviembre de 1938. Fundó la revista Azar Rey y fue cofundador de la revista Poesía, de la Universidad de Carabobo, en Valencia. Esta casa de estudios y la Universidad de Los Andes, le confirieron el doctorado honoris causa. Trabajó también como investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), mientras colaboraba simultáneamente con una gran cantidad de revistas venezolanas y extranjeras. Recibió en 1998 el Premio Nacional de Literatura. En 2005 obtuvo el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo. Recibió varios otros importantes galardones literarios y se desenvolvió en el área diplomática como Embajador venezolano en Portugal. Allí se convirtió en un experto en la obra de Fernando Pessoa, de quien adquirió el gusto por los heterónimos, publicando mediante esta modailidad, una poesía infanto-juvenil atractiva, de mucha musicalidad y movimiento. Su obra infantil la firmó bajo los seudónimos de Eduardo Polo, Sergio Sandoval y Tomás Linden.
Aunque tal vez sólo en forma circunstancial, un verso suyo citado por el actor norteamericano Sean Penn en la película 21 gramos, otorgó mayor divulgación de su obra en el extranjero. Muy posiblemente, sin la ayuda de la cinta mencionada, hubiese sido solamente cuestión de tiempo para alcanzar igual notoriedad a su poética.
Montejo también mostró su preocupación por la situación de la literatura en su país, en el marco de la Revolución Bolivariana. En relación al incidente entre el presidente Hugo Chávez y el Rey de España, acaecido en Chile, el escritor declaró que en Venezuela se daba una suerte de “censura velada” a los medios de comunicación y una “situación poco favorable para los intelectuales”. Asimismo, denunció con valentía y firmeza que Chávez impulsaba la “literatura propagandística” y que “ha retirado su apoyo a todas las editoriales que no comulgan” con sus ideas.
Eugenio Montejo falleció en Valencia, la noche del 5 de junio de 2008, debido a un cáncer de estómago que lo aquejó durante sus últimos meses de vida.
Su obra literaria se resume en:
1967: Elegos
1972: Muerte y memoria
1977: Algunas palabras
1978: Terredad
1982: Trópico absoluto
1986: Alfabeto del mundo
1991: Guitarra del horizonte, firmado bajo el heterónimo de Sergio Sandoval
1992: Adiós al siglo
1995: El hacha de seda, firmada como Tomás Linden
1999: Partitura de la cigarra
2002: Papiros amorosos
2003: Chamario, firmada como Eduardo Polo
2006: Fábula del escriba
Entre sus ensayos destacan: La ventana oblicua (1974), El taller blanco (1983), El cuaderno de Blas Coll (1981).

martes, 7 de julio de 2009

Luis García Montero (España, 1958)

"...hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse."


ME PERSIGUEN...

Me persiguen
los teléfonos rotos de Granada,
cuando voy a buscarte
y las calles enteras están comunicando.

Sumergido en tu voz de caracola
me gustaría el mar desde una boca
prendida con la mía,
saber que está tranquilo de distancia,
mientras pasan, respiran,
se repliegan
a su instinto de ausencia
los jardines.
En ellos nada existe
desde que te secuestran los veranos.
Sólo yo los habito
por descubrir el rostro
de los enamorados que se besan,

con mis ojos en paro,
mi corazón sin tráfico,
el insomnio que guardan las ciudades de agosto,
y ambulancias secretas como pájaros.

IMAGINAR LOS SITIOS POSIBLES DONDE ESTABAS...

...en un rincón del año...
V. Huidobro

Imaginar los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son capítulos largos de mi vida.

Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el calor que duele de olvidado.

El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede
suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,
el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.

Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.

Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la resaca.

Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano
seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí».

EL AMOR

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

EN LOS DÍAS DE LLUVIA
A Mari Carmen

Sabrás por la presente que empeoré de vida.
Mariano Maresca


Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.

Oigo la lluvia fría amontonarse
sobre las uralitas
y la noche me atrapa
en el sudor eterno de su tranquilidad.
Tal vez
debiera despertarte, hacerte compartir
este presentimiento
de lejana belleza
con el que me confundo apenas un instante
para volver a ti
que te abandonas
a la hermosa presencia
de tu respiración.

Pasan lentos los coches.
Oigo también
tu corazón lejano
pasar de madrugada entre la lluvia
y me asusta la sombra
de tanta intimidad.

Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,

o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.

Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.

Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.

Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar.

II

Noviembre
puede ser una conquista,
porque vuelve otra vez
sobre los toldos,
las horquillas de nácar imitado,
los abrigos baratos de entretiempo
donde tú te escondías
de pronto y mi deseo.

Y vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad,
como la melodía
de una vieja canción que recordamos.
Ya sabes que el otoño,
además del plumaje
mojado
de los árboles,
además de la luz y de esta tierra,
era una cita rota, perdida entre nosotros.

Ahora
se nos abraza el tiempo débilmente a las piernas,
rompiéndonos el paso, alargando las hojas
de las enredaderas,
mientras todo es igual y nos anuncia
aquel viejo recuerdo confuso de las horas,
aquellas caravanas
de días sin sentido
que pasaban zumbando delante de los ojos,
que trajeron consigo
solamente dos cuerpos amándose o temiendo.

Y no es ya la costumbre de acercarme,
cogerte la cintura, desearte
con un deseo azul como un viento tranquilo
o pasear despacio
cuando pesan las hojas debajo de los pies
y las campanas crujen
prendidas en los árboles.

Y no es ya la costumbre de seguirte,
de aprender a pararme en los escaparates
y oír tu voz llegar, volcarse en el oído
salvando la distancia
que cabe entre dos cuerpos.
Era la vida entonces
la que nos recordaba,
con las claras sirenas de sus barcos
y su bisutería,
que seguía latiendo quizás entre nosotros,
deshecha,
nublada y pasajera
como el esperma seco
sobre la piel ya fría
que tanto hemos amado y casi siempre.
O tal vez preferimos
una feria de amor donde encontrarnos
para llegar a ver
lo nunca visto.

No sabes que tu cuerpo,
en las noches sin tiempo como ésta,
se confunde de pronto con el amanecer,
lo detiene dormido junto a mí.

Pero noviembre vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad
(las huellas del amor sobre los hombros
como una caravana de detalles confusos),
y acaso pueda ser una conquista,
porque todo es más claro.
Yo recuerdo
los primeros abrazos, solitarios,
a la pared pegados,
huyendo de la lluvia
de una vieja ciudad,
recién enamorados todavía,
felices y nerviosos.
O la humedad imprevista de tu pelo
empapado de amor y de tormenta
en los campos abiertos
igual que nuestros cuerpos a la furia de agosto.
Y las noches de paz malhumorada
donde el amor pugnaba sobre el frío,
tiritando debajo de las nubes
sobre un lecho de escarcha.
Y recuerdo
la lluvia mansa, lenta, que araña los cristales
como araño tu piel,
de la misma manera que el tiempo nos araña
una vez descubierto
que también es hermoso amarse en la memoria
y en la complicidad.

Abramos el balcón,
aullémosle a la luna
estirados de cuerpo para arriba,
hermosos como lobos
que ahora entienden el rumbo del que vienen,
que ahora saben el tiempo en el que habitan.

Es una luz distinta
la de estos contornos.

Sobre tu piel se aplastan
las gotas de la lluvia
y la tierra se extiende manchada como un tigre.

III

Nos visita el amor. Tiene la casa
una memoria ciega
de sol sobre los brazos
y la pasión desierta de hierbas por la piel.

Debemos abrazamos seriamente
esta mañana gris de todas las nostalgias
y pactar con la luz
que empieza a incomodamos
debajo de las puertas
como un mirón secreto al que hay que soportar.

Son demasiadas cosas.
Se ve que el tiempo vuela indiferente,
ajeno entre nosotros
que hemos hablado tanto de la vida
para llegar a tiempo a sus ojos abiertos,
a su pezón rosado
ya la bóveda hermosa de los cuerpos
que buscábamos juntos,
atropelladamente,
abriendo cremalleras
con la impaciencia propia de los enamorados.

El sol
que parece la carne dudosa de tus labios
se avecina reptando y me recuerda
que es posible de nuevo recorrernos
mientras se apagan lentas las últimas estrellas.
Antes de que nacieras y de que yo naciese
alguien debió vivir estas habitaciones,
sufrirlas solamente igual que las semanas,
poblarlas de deseos realizados a medias.

Gentes de soledad.

Acaso todo valga
si algún día...

Nosotros
ya nada hemos fundado, ni siquiera un hogar.

Es más sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,
por el camino largo, desierto de tu piel.

CANCIÓN AMARGA

En la cara lleva
tres años perdidos
y el frío de las seis de la mañana.

Van a partirte el corazón.
De pronto
la luz apagada,
los pasillos turbios,
la puerta que clava su ruido en la espalda.

Van a partirle el corazón.
Y arrastra
una cadena oscura
de pasiones heladas,
ese frío que cabe solamente
detrás de una palabra.

Y yo la veo caminar,
despacio,
perderse en lo que anda,
fugitiva tristeza que va y viene
de la sombra a la puerta de mi casa.

La luz artificial deja en la calle
el temblor silencioso
de tres barcas ancladas.
cuando ella cruza por mi lado siento
como un golpe de remos
y un murmullo de agua.

EL LUGAR DEL CRIMEN

Más allá de la sombra
te delatan tus ojos,
y te adivino tersa,
como un mapa extendido
de asombro y de deseo.
Date por muerta
amor,
es un atraco.
Tus labios o la vida.



Luis García Montero (Granada, España, 1958)

Luis García Montero nace en Granada, España, en 1958, hijo de don Luis García López y doña Elisa Montero Peña. Realiza sus estudios escolares en el colegio de Los Escolapios. Su vida universitaria transcurre en la Universidad de Granada donde estudia Filosofía y Letras, titulándose en 1980 y obteniendo su doctorado 5 años después, tras presentar su tesis sobre Rafael Alberti titulada “La norma y los estilos en la poesía de Rafael Alberti”. Lo unió a este poeta una gran amistad y de hecho, fue quien preparó la “Poesía completa”, de dicho autor.
Milita desde sus inicios en el Partido Comunista Español, y, desde su fundación en el movimiento político “Izquierda Unida”.
En 1981 inicia su trabajo como profesor en la Universidad de Granada. En 1982 recibe el Premio Adonáis por su obre “El jardín del extranjero” y en 1983 publica, en conjunto con el grupo poético “La otra sentimentalidad” su primer libro. En este trabajo participaron también, entre otros, poetas como Álvaro Salvador y Javier Egea.
Ha obtenido también el premio “Federico García Lorca”, el premio Loewe, el premio Ciudad de Sevilla, el Premio Nacional de Poesía en 1995, fue nominado en 1999 para el Premio Cervantes y obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en el año 2003.
Desde 1994 se unió sentimentalmente a la escritora Almudena Grandes.
Se desempeña actualmente como profesor de Filología Española de la Universidad de Granada.
Es en la actualidad uno de los poetas más significativos de España, desarrollando una poesía que tiende a evitar la experiencia individual y se funde en una colectividad generosa de estilo. Su poesía no abandona nunca la estética, el vuelo, ni la imagen. García Montero aprovecha su don narrador y lo vierte en un lirismo limpio, a veces teatral, imaginativo y siempre observador de su entorno.
Su trabajo poético cuenta con las siguientes obras:
1980: “Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn”, ganador del Premio Federico García Lorca.
1982: “Tristia”
1983: “El jardín extranjero”, ganador del Premio Adonáis, y “Rimado de ciudad”
1984: “Égloga de dos rascacielos”
1985: “En pie de paz” y “Seis poemas del mar (autógrafos)”
1987: “Diario cómplice”
1988: “Anuncios por palabras”
1990: “Secreto de amistad” y “Las flores del frío”
1992: “En otra edad”
1993: “Fotografías veladas de la lluvia”
1994: “Habitaciones separadas” ganador del Premio Loewe y Premio Nacional de Literatura. También en este mismo año “Además” y “Quedarse sin ciudad”
Se publica una antología suya en 1997, que abarca su obra entre 1980 y 1996.
1998: “Completamente viernes”
2001: “Antología personal” y “Poemas”
2002: “Antología poética” además de una segunda antología que abarca su obra entre 1980 y 2002, titulada “Poesía urbana”
2003: “La intimidad de la serpiente” ganadora del Premio Nacional de la Crítica
2006: “Poesía (1980-2005)” que reune 8 libros e “Infancia”
2008: “Vista cansada”
Ha publicado también “Luna del sur” en 1992, libro que habla sobre su infancia. Además la novela “Impares, fila 13” en 1996, y el cuento “La mudanza de Adán” en 2002. Un relato de su autoría titulado “La dedicatoria” aparece en el libro “Las musas de Rorschach”, publicado en 2008.

martes, 23 de junio de 2009

César Vallejo (Perú 1892 - Francia 1938)

Frente a la puerta de Brandemburgo



LOS HERALDOS NEGROS



Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!



Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.



Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.



Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.



Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!




DESHOJACION SAGRADA



Luna! Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!



Luna! Alocado corazón celeste
¿por qué bogas así, dentro de copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?



Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres talvez mi corazón gitano
que vaga en el azul llorando versos!...




PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA



Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.



Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.



César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro



también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...




TRILCE



Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.



Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.



Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.



Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.



Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.



El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.



Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.



-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Esta? - No; su hermana.



-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
-do van en rama los pestillos.



Tal es el lugar que yo me sé.




ESPAÑA, APARTA DE MI ESTE CÁLIZ



Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!



¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!



Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!



Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que esta
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera , aquélla de la vida!



¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla!...




BORDAS DE HIELO



Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!



Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!



Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...




DOS NIÑOS ANHELANTES



No. No tienen tamaño sus tobillos; no es su espuela
suavísima, que da en las dos mejillas.
Es la vida no más, de bata y yugo.

No. No tiene plural su carcajada,
ni por haber salido de un molusco perpetuo, aglutinante,
ni por haber entrado al mar descalza,
es la que piensa y marcha, es la finita.
Es la vida no más; sólo la vida.

Lo sé, lo intuyo cartesiano, autómata,
moribundo, cordial, en fin, espléndido.
Nada hay
sobre la ceja cruel del esqueleto;
nada, entre lo que dio y tomó con guante
la paloma, y con guante,
la eminente lombriz aristotélica;
nada delante ni detrás del yugo;
nada de mar en el océano
y nada
en el orgullo grave de la célula.
Sólo la vida; así: cosa bravísima.

Plenitud inextensa,
alcance abstracto, venturoso, de hecho,
glacial y arrebatado, de la llama;
freno del fondo, rabo de la forma.
Pero aquello
para lo cual nací ventilándome
y crecí con afecto y drama propios,
mi trabajo rehúsalo,
mi sensación y mi arma lo involucran.
Es la vida y no más, fundada, escénica.

Y por este rumbo,
su serie de órganos extingue mi alma
y por este indecible, endemoniado cielo,
mi maquinaria da silbidos técnicos,
paso la tarde en la mañana triste
y me esfuerzo, palpito, tengo frío.




FRESCO



Llegué a confundirme con ella,
tanto ...! Por sus recodos
espirituales, yo me iba
jugando entre tiernos fresales,
entre sus griegas manos matinales.
Ella me acomodaba después los lazos negros
y bohemios de la corbata. Y yo
volvía a ver la piedra
absorta, desairados los bancos, y el reloj
que nos iba envolviendo en su carrete,
al dar su inacabable molinete.
Buenas noches aquellas,
que hoy la dan por reír
de mi extraño morir,
de mi modo de andar meditabundo.
Alfeñiques de oro,
joyas de azúcar
que al fin se quiebran en
el mortero de losa de este mundo.
Pero para las lágrimas de amor,
los luceros son lindos pañuelitos
lilas,
naranjas,
verdes,
que empapa el corazón.
Y si hay ya mucha hiel en esas sedas,
hay un cariño que no nace nunca,,,
que nunca muere,
vuela otro gran pañuelo apocalíptico;
la mano azul, inédita de Dios!




LA VIOLENCIA DE LAS HORAS



Todos han muerto.



Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.



Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!»



Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.



Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.



Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.



Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.



Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.



Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.



Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

Murió mi eternidad y estoy velándola.




BORDAS DE HIELO



Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!



Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!



Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...!




DESNUDO EN BARRO



Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Substancia
camina un verso gris, un dromedario.
Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.
Las.Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
Quién tira tanto el hilo; quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba?
Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!




SETIEMBRE



Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí... hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.
Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás.. . y para eso
yo no sé por qué fui triste. . . , tan triste...!
Sólo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia. de Dios... y te fui dulce!
Y también una tarde de setiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.




MEDIALUZ



He soñado una fuga. Y he soñado
tus encajes en la alcoba.
A lo largo de un muelle, alguna madre;
y sus quince años dando el seno a una hora.
He soñado una fuga. Un "para siempre"
suspirado en la escala de una proa;
he soñado una madre;
unas frescas matitas de verdura,
y el ajuar constelado de una aurora.
A lo largo de un muelle...
Y a lo largo de un cuello que se ahoga!




TELÚRICA Y MAGNÉTICA



¡Mecánica sincera y peruanísima
la del cerro colorado!
¡Suelo teórico y práctico!
¡Surcos inteligentes; ejemplo: el monolito y su cortejo!
¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena!
¡Cultivos que integra una asombrosa jerarquía de útiles
y que integran con viento los mujidos,
las aguas con su sorda antigüedad!



¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios,
los oigo por los pies cómo se alejan,
los huelo retomar cuando la tierra
tropieza con la técnica del cielo!
¡Molécula exabrupto! ¡Atomo terso!



¡Oh campos humanos!
¡Solar y nutricia ausencia de la mar,
y sentimiento oceánico de todo!
¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos!
¡Oh campo intelectual de cordillera,
con religión, con campo, con patitos!
¡Paquidermos en prosa cuando pasan
y en verso cuando páranse!
¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno!
¡Oh patrióticos asnos de mi vida!
¡Vicuña, descendiente
nacional y graciosa de mi mono!
¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra,
que es vida con el punto y, con la línea, polvo
y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta!



¡Siega en época del dilatado molle,
del farol que colgaron de la sien
y del que descolgaron de la barreta espléndida!
¡Angeles de corral,
aves por un descuido de la cresta!
¡Cuya o cuy para comerlos fritos
con el bravo rocoto de los temples!
(¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!)
¡Leños cristianos en gracia
al tronco feliz y al tallo competente!
¡Familia de los líquenes,
especies en formación basáltica que yo
respeto
desde este modestísimo papel!
¡Cuatro operaciones, os sustraigo
para salvar al roble y hundirlo en buena ley!
¡Cuestas in infraganti!
¡Auquénidos llorosos, almas mías!
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!
¡Estrellas matutinas si os aromo
quemando hojas de coca en este cráneo,
y cenitales, si destapo,
de un solo sombrerazo, mis diez templos!
¡Brazo de siembra, bájate, y a pie!



¡Lluvia a base del mediodía,
bajo el techo de tejas donde muerde
la infatigable altura
y la tórtola corta en tres su trino!
¡Rotación de tardes modernas
y finas madrugadas arqueológicas!
¡Indio después del hombre y antes de él!
¡Lo entiendo todo en dos flautas
y me doy a entender en una quena!
¡Y lo demás, me las pelan!...







César Vallejo Mendoza (Santiago de Chuco, Perú, 1892 – París, Francia, 1938)

César Abraham Vallejo Mendoza nació en Santiago de Chuco, el 16 de marzo de 1892, región de La Libertad, Perú. Su padre fue don Francisco de Paula Vallejo Benítez y su madre, doña María de los Santos Mendoza Gurrionero. Fue el menor de once hermanos. Sus abuelas fueron indias y sus abuelos sacerdotes gallegos. Pensó en alguna etapa de su infancia y adolescencia, dedicarse al sacerdocio. Tal vez ello explique las referencias bíblicas en sus escritos, sobre todo en los iniciales. Realizó sus estudios primarios en el Centro Escolar No. 271 de Santiago de Chuco y la educación secundaria en el Colegio Nacional San Nicolás de Huamachuco. inicia su educación superior en 1910, en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo, pero esto debió ser truncado por problemas económicos, los cuales lo obligaron a trabajar y ahorrar para continuar luego sus estudios. Para esto regresa a su pueblo natal, apoyando a su padre en su ejercicio gobernador. Así conoce la dura realidad de los trabajadores mineros de aquella región. Esta vivencia quedará plasmada en su novela El Tungsteno.
En un segundo intento por iniciar su vida universitaria, se inscribe en la Escuela de Medicina de San Fernando, en Lima, hacia 1911, pero sucede como en aquella primera vez, abandonando nuevamente la universidad.
Logra un empleo de preceptor particular de los hijos de un hacendado en Junín, en la sierra peruana, donde reside por 7 meses y luego de lo cual regresa a la capital de La Libertad, Trujillo, en donde se desempeña como ayudante de cajero en una hacienda azucarera. Es nuevamente golpeado por la dura realidad del indio peruano.
En 1913, por tercera vez, en Trujillo, regresa a la universidad, esta vez en la Facultad de Letras, y a fin de mantener sus estudios, trabaja Centro Escolar de Varones Nº 241, y después profesor del primer año de primaria en el Colegio Nacional de San Juan. Logra finalmente graduarse de Bachiller en Letras, en Septiembre de 1915 con la tesis El romanticismo en la poesía castellana.
En 1916 toma contacto con la juventud intelectual de la época y conoce a figuras del porte de Antenor Orrego y Víctor Raúl Haya de la Torre. Por estos años también, publica sus primeros poemas en diarios y revistas locales. Conoce y se enamora de María Rosa Sandoval, en quien se inspira para escribir Los heraldos negros. En 1917 conoce a Zoila Rosa Cuadra con quien sostiene un corto y febril romance, cuando ella contaba sólo con 15 años de edad. Viaja a Lima en 1917, con intenciones de retomar estudios en la Universidad de San Marcos y optar por su doctorado en Letras y Derecho. En este ambiente conoce a grandes exponentes de las latras peuanas, entre ellos José María Eguren, Manuel González Prada, Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui.
Entre los años 1918 y 1920 trabaja en los colegios Barrós (en donde llegó a ser director) y Guadalupe. por estos años fallece su madre y se enamora de otra quinceañera, Otilia Villanueva, a quien escribe varios poemas. En 1919 publica su libro de poesía Los Heraldos Negros. En mayo de 1920 retorna a Santiago de Chuco y se ve envuelto en un confuso incidente que terminó con su reclusión carcelaria por cerca de 4 meses. Durante aquel encierro escribe gran parte de los poemas de su obra Trilce. Logra la libertad condicional en febrero de 1921 y se dirige a Lima, donde recibe un premio por su cuento Más allá de la vida y de la muerte. En 1922 se publica su segundo libro de poesías, Trilce, de acogida más bien indiferente por la crítica, aún no acostumbrada al vanguardismo poético. En esta obra Vallejo se anticipa a la renovación total del uso literario, que después se expondrían a plenitud en los trabajos del chileno Vicente Huidobro. En 1923 se publica Escalas melografiadas, colección de relatos y cuentos de corte vanguardista.
Vuelve al colegio Guadalupe como profesor por un corto tiempo, y el 17 de junio de 1923 parte por mar hacia Europa, para no volver nunca más al Perú. Un mes después arribará a París y se mantendrá ajustadamente mediante sus trabajos periodísticos en el diario El Norte, de Trujillo, y en las revistas L'Amérique Latine, de París, España de Madrid y Alfar, de La Coruña. Ocasionalmente se desempeñaba como traductor. Conoce en medio de todo este vértigo a Vicente Huidobro, al español Juan Larrea, a Pablo Neruda y a Tristán Tzara.
Su padre muere en 1925, año en que él es operado por una hemorragia intestinal, en un hospital de caridad, en París.
En 1925 el gobierno español le concede una beca para poder continuar sus estudios universitarios de Derecho en España. Vallejo cobra parte de dicha beca pero no logra terminarla y de hecho, nunca logrará su doctorado en Derecho ni en Letras. Simultáneamente trabaja para la institución Los grandes Periódicos Iberoamericanos y para la revista limeña Mundial. En 1926 conoce a Henriette Maisse con quien mantendrá una relación amorosa de casi 2 años. Renuncia a su trabajo en Los grandes Periódicos Iberoamericanos y funda con Larrea la revista Favorables París Poema. Envía colaboraciones para la revista limeña Variedades. A partir de 1927, algunos de sus escritos aparecen en la revista limeña Amauta, que había iniciado José Carlos Mariátegui. Conoce a la joven Georgette Philippart Travers y mantiene con ella una relación sentimental. Funda en 1928 la célula parisina del Partido Socialista del Perú. Viaja a Rusia en 3 oportunidades, la segunda de ellas acompañado por Georgette. A partir de 1929 agrega a sus colaboraciones al diario El Comercio. En París, entre 1923 y 1929 plantea las bases de Poemas en prosa, Contra el secreto profesional y la novela Hacia el reino de los Sciris, todos ellos de publicación póstuma. Viaja a Madrid en 1930 por la publicación Trilce, que marcó el descubrimiento de su poesía en España. Regresa a París de donde es expulsado por razones políticas, por lo que regresa a Madrid, siendo allí testigo de la caída de la monarquía borbónica en 1931. Entra en contacto con insignes de las letras españolas: Miguel de Unamuno, Federico García Lorca y Rafael Alberti, entre otros. Publica El Tungsteno (novela) y Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (ensayo). También en 1931 realiza su último viaje a Rusia y participa en el Congreso Internacional de Escritores Solidarios con el Régimen Soviético, luego de lo cual regresa a Madrid. Realiza algunas obras de teatro con las cuales tiene dificultad en su puesta en publicación (Lock-out y Moscú contra Moscú, que después será llamada Entre las dos orillas corre el río). Concluye la segunda parte de Rusia en 1931 en su libro Rusia ante el segundo plan quinquenal y su obra El arte y la revolución. Todo presenta dificultades de divulgación, dada la clara tendencia marxista de sus trabajos. Va preparando por esos años su obra poética Poemas humanos. Al levantarse su restricción de ingreso a Francia, regresa a París en 1932. En 1934 se casa con Georgette.
En 1936 estalla la Guerra Civil Española en que participa en la fundación del Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española y el boletín Nueva España, compartiendo la labor con Pablo Neruda. Es elegido secretario de la sección peruana de la Asociación Internacional de Escritores. En 1937 escribe las últimas poesías de Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz.

Trabaja también como profesor de Lengua y Literatura, en París, hacia 1938. El día 24 de marzo de 1938 cae enfermo de gravedad, con una dolencia aparentemente relacionada con un cuadro de malaria que había sufrido en su infancia. Fallece el día 15 de abril de aquel mismo año, a los 46 años de edad, un día viernes, mientras garuaba en París. En abril de 1970, Georgette Philippart, traslada sus restos al cementerio de Montparnasse, realizando uno de los más fervientes deseos de Vallejo. En su lápida inscribe: “He nevado tanto, para que duermas”.

sábado, 6 de junio de 2009

Lilian Serpas (El Salvador 1905 - 1985)


Lilian Serpas Gutiérrez (San Salvador 1905 – 1985)




La Mariposa

En el jardín de plenilunio lleno
su tríptico de pétalos se posa,
con la fijeza de una mariposa
que congelara en flor su desenfreno.

Tiene en su cáliz de candor un pleno
aire más fino que nevada rosa,
y del perfume, doncellez premiosa,
la suave gala de blancor sereno.

Vuelta de niebla y música su vida
es retazo de luna: ahí fundida
vobró la noche en su primer rocío.

Así quedó la mariposa en vuelo
sobre la media página del cielo,
¡clavada al aire en alfiler de frío!


Ocaso

La luz en pie de Ocaso compagina
al del Oro sangrante de la rosa;
y suma cardinal y milagrosa
al viraje del sol en la colina.

La fuga de las cosas se adivina:
diríase una escala luminosa,
por donde asciende el aria jubilosa
que al corazón de la floresta afina...

Más la tregua de un día pajarero
-en nidales de celo y alborozo-,
elige permanencia en el alero...

Y un éxtasis de dicha se presiente
-al expirar un ágave gozoso-,
¡tal un místico albor, en el poniente!


Lección de muerte

…Por un ayer extático y remoto
muero viviendo a pausas con la vida;
mas exhumo en mi piel igual al loto,
que del cieno en la flor, busca salida…

Si en flagelos de agobio consumida,
Como una aspiración busco lo ignoto;
Y porque en muerte vivo dividida,
Mi tiempo, en lo fugaz es mundo: roto…

De la vida en un breve itinerario
-con mi lección de muerte abriendo puertas-
al átomo de Dios; mas sin horario

-como trampa dantesca de un infierno-
de este mundo de trágicas reyertas,
sólo afirma mi espíritu, ¡lo eterno…!


Aluzinaje

Lúcido en la tiniebla de un momento
de ser -ya sido- en inicial viraje,
arranca de raíz mi pensamiento
-tan joven como antiguo en su linaje-.

Ráfaga a grupas de un saber, aliento
-del polvo hostil es rescatado viaje-,
emite luz, muy cerca a lo que siento
del más nocturno azul de alunizaje.

Ritmos de meteoros miden tensa
noche, sólo soporte a mi defensa,
igual a rostro en Cero circunscrito.

Yo heroica y huyendo en un desvelo
-libre y sin nada-, como en un deshielo,
alcanzo en pie de amor, el infinito.


Lo intemporal

I
Próxima al vértigo, sin pausa, alerta,
Al rumbo huracanado en la espesura
-de un muro de olas-, en fatal reyerta:
mi ser, igual a barco en la aventura:

por náufrago pavor, donde apresura:
zozobra, tiembla, y el corazón despierta;
pulsa el timón intemporal, y acierta
-sostén a su caída-, a la más pura

excelsitud de un sueño, en inminente
forma -la que fenece-, y de un arcano,
la fuga del dolor, suave nepente…;

si lleva ella, la imagen exhaustiva
de Dios en si, o de Él, lo tan lejano;
¡mas siendo eternidad, que sobreviva!


II
Proa al vaivén de un mundo ingobernable,
-en el ocaso unánime de mi vida-,
forma es de un tiempo, abierto a inefable
gozo, el más breve: Idea definida,

naciendo a ras de un diáfano y palpable
cielo ahí en un Todo…Y esclarecida
mi mente en un tanteo de insondable
noche, tras debates arrecida

-en pugna del ludibrio… - Y el pensamiento
para ser, o no ser la amortajada
de mi crear punzante, al solo intento

de ver el infinito, al que posterno…
y en mi sentir, su esencia es a la Nada
-en lo de Dios-, ¡mi rostro en puro eterno…!


III
…Sin rostro ya y sin pies en mi jornada,
la conmoción que alúmbrame es Poesía,
siguiendo el ritmo en la girosofonía
de un ala al vuelo a la luz desintegrada…

Mi término es inicio de la Nada;
Y en mí no vivo si de la agonía
El Fin no llega, para un nuevo día,
Y si -muero sin morir-, voy desterrada:

Para un futuro limpio de mi mente
-en la Totalidad viviendo ausente-,
y en gloria de un minuto, que, si existe,

es la imagen tan solo de un presagio
si no siendo al estar en un naufragio,
¡mi muerte al trascender vivirá triste…!


Beethoven

Vertical en la rosa del sonido
Oyes vibrar el cosmos, que en sí rota
-desde inaudible clave- y de tu oído
-vórtice de una clave- libre flota,

al acorde cifrado, y sola nota
conjuga en unidad de tu sentido,
un Universo abierto en la remota
bóveda, pentagrama en tu latido;

y tu mano estelar en contrapunto
-beethoveniano de alta sinfonía-
pulsa del tiempo universal conjunto:

marea cuando estalla ¡oh Dios, que mueve,
el perenne fluir de la armonía,
y amenaza lo eterno con lo breve!


Oculta clave

Pájaro azul del vuelo delirante,
Medir puede la exacta geometría
-que sólo Dios creara-, y fuera el guía
del árbol en el salto equidistante:

Seguro del secreto se confía,
Tras el aéreo impulso trepidante,
Si de sus alas, en un solo instante
Arriésgase en sus trinos de alegría:

Y hacia el nido, al flotar sobre la rama
-el pájaro, en la clave de su trama-
sin caer en la trampa a donde vibra:

pulsa la levedad, aspira el aire
volátil del aroma, y en un donaire,
por el trino que exhala, ¡se equilibra!


El espejo

Ámbito intemporal y luna helada
Trae el amor cifrado en mi sigilo;
Sé de la luz de Dios -por Él creada-
Y el dulce honor que me depara asilo…

Porque en convexa margen ato el hilo
De mi imposible afán, en la estrellada
Noche, su rostro busco y lo perfilo,
Definiendo en un cielo, su mirada…

Y de alto girasol soñado para
Convertirme en espejo, la tragedia
Huidle cópiase en mi propia cara…

¡Igual a río en mi vigilia vierte,
vago temor que a mi pensar asedia,
como espectral imagen de la muerte!



Lilian Serpas Gutiérrez (San Salvador Marzo, 1905 – Octubre, 1985)

Lilian Serpas Gutiérrez nació en San Salvador el 24 de marzo de 1905, hija de don Carlos Serpas, conocido pensador salvadoreño, y doña Josefa de los Ángeles Gutiérrez. A los 4 años de vida queda huérfana de padre y su educación queda a cargo de su madre quien hacía de anfitriona en su propia casa de amenas tertulias literarias. De esta manera, Lilia (según aparece su nombre en el registro civil de San Salvador) conoce a sus tempranos once años de edad al gran literato Francisco Gavidia, maestro de las letras salvadoreñas, quien incluso prologará el segundo libro de Lilian Serpas, titulado “En el zafir de un ala milagrosa” y que se editará con el escueto nombre de “Nácar” en 1929. El Colegio Normal de Maestras de San Salvador y, posteriormente, el Instituto Técnico Práctico de Señoritas, la llevaron a obtener su bachillerato. Simultáneamente se empeñaba en aprender inglés y francés. En 1927, a los 22 años de edad, Lilian colabora en la radio AQM y con la revista Pareceres. Este mismo año publica “Urna de ensueños”, su primer libro. A los 25 años se traslada a los Estados Unidos, residiendo por 8 años en la ciudad universitaria de South Bend City, San Francisco, California. Será en esta ciudad donde publique por vez primera el libro “Isla de trinos”. Por esta época colaboraba ya con la revista Sequioa, de la Universidad de Stanford.
Regresa a El Salvador en 1938 para trabajar en El Diario de Hoy, donde desarrolló una fructífera actividad periodística e hizo a la luz varios de sus escritos, tanto en prosa como en verso. En esta publicación llegó a dirigir la sección “Pajaritas de papel” en 1941. En el tiempo en que trabajaba en este medio contrajo matrimonio con el pintor estadounidense Carlos Cofeen, con quien tuvo 3 hijos: Carlos, Fernando David y Reginaldo.
Se muda a México hacia 1948 y publica “Huésped de la eternidad”, que contiene su obra poética escrita entre 1928 y 1948. Luego publica “La flauta de los pétalos” en 1951. En 1970, también en México, publica “Girofonía de las estrellas”. Durante su estancia en México escribirá también los libros: “Corazón y esfera”, “Hacia un punto del origen”, “Por ese amor siendo amada”, “Nivelación” y “Proyección a la nada”, trabajos que quedaron inéditos por muy largo tiempo.
Hacia 1972, tras la muerte de su hijo Fernando, quien fue atropellado por un conductor ebrio, Lilian inicia una terrible carrera de autodestrucción. Sólo gracias al esfuerzo y la caridad de algunas amigas salvadoreñas, es trasladada de vuelta a su país y escribe “Pensamiento que no muere”, que queda también inédito. Serán las páginas de Filosofía, Artes y Letras del Diario de Hoy, quienes darán a conocer los escritos últimos de Lilian Serpas.
En 1982 se publica “Meridiano de orquídea y niebla”, que contiene su obra escrita entre 1945 a 1957.
Aún perturbada física y mentalmente, trabaja en la Dirección de publicaciones del Ministerio de Educación de El Salvador, donde trabajará hasta el día de su muerte, el día 10 de octubre de 1985, tras haber sido hospitalizada debido a una caída que le causó varias fracturas. Sus objetos personales y sus manuscritos, contenidos todos en una maleta, fueron incinerados en medio de un confuso incidente. Ninguno de sus tres hijos sobrevivió a la escritora.
En Texas, Estados Unidos, residen a la fecha 6 nietos de Lilian Serpas, hijos de su Fernando David: ninguno de ellos habla ni lee el idioma de su abuela.

martes, 19 de mayo de 2009

Murió Mario Benedetti (Septiembre, 1920 - Mayo, 2009)


Hace muy poco tiempo publicamos en este blog una semblanza minuciosa y algunas pocas líneas de la vasta obra poética de Mario Benedetti. Hoy nos corresponde realizar sobre aquel homenaje humilde, un doloroso añadido. Y es que el día Domingo 17 de Mayo, a los 88 años de edad, a mitad de la paz del sueño, estando en casa, falleció Mario.
En una de las noticias que este mismo blog publicó hace algunos días, se daba cuenta que había sido dado de alta, tras haber estado hospitalizado por un problema gastrointestinal que había descompensado su estado general. Era la cuarta hospitalización en los últimos doce meses.
La comunidad poética hispanoamericana ha expresado sus sentimientos, José Saramago, Miguel Barnet, Raúl Vallarino, Álvaro Mutis, Mauricio Rosencof y muchos otros, han coincidido en la pérdida irreparable que significa la partida de Mario Benedetti.

Para quien conoce y se deleita con la poesía de Benedetti, Mario es inmortal, basta hacerlo pasar, aclarar la voz, leerlo a todo pulmón, saborear su eternidad, verso a verso.

ASUNCIÓN DE TI

I


Quién hubiera creído que se hallaba
sola en el aire, oculta,
tu mirada.
Quién hubiera creído esa terrible
ocasión de nacer puesta al alcance
de mi suerte y mis ojos,
y que tú y yo iríamos, despojados
de todo bien, de todo mal, de todo,
a aherrojarnos en el mismo silencio,
a inclinarnos sobre la misma fuente
para vernos y vernos
mutuamente espiados en el fondo,
temblando desde el agua,
descubriendo, pretendiendo alcanzar
quién eras tú detrás de esa cortina,
quién era yo detrás de mí.
Y todavía no hemos visto nada.
Espero que alguien venga, inexorable,
siempre temo y espero,
y acabe por nombrarnos en un signo,
por situarnos en alguna estación
por dejarnos allí, como dos gritos
de asombro.
Pero nunca será. Tú no eres ésa,
yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros.
Eras sí pero ahora
suenas un poco a mí.
Era sí pero ahora
vengo un poco a ti.
No demasiado, solamente un toque,
acaso un leve rasgo familiar,
pero que fuerce a todos a abarcarnos
a ti y a mí cuando nos piensen solos.

II

Hemos llegado al crepúsculo neutro
donde el día y la noche se funden y se igualan.
Nadie podrá olvidar este descanso.
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil
a dejarme los ojos vacíos de ciudad.
No pienses ahora en el tiempo de agujas,
en el tiempo de pobres desesperaciones.
Ahora sólo existe el anhelo desnudo,
el sol que se desprende de sus nubes de llanto,
tu rostro que se interna noche adentro
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.

III

Puedes querer el alba
cuando ames.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
He conservado intacto tu paisaje.
Lo dejaré en tus manos
cuando éstas lleguen, como siempre,
anunciándote.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú.
Aunque mi voz te espere
sola en su azar
quemando
y tu dueño sea eso y mucho más.
Puedes amar el alba
cuando quieras.
Mi soledad ha aprendido a ostentarte.
Esta noche, otra noche
tú estarás
y volverá a gemir el tiempo giratorio
y los labios dirán
esta paz ahora esta paz ahora.
Ahora puedes venir a reclamarte,
penetrar en tus sábanas de alegre angustia,
reconocer tu tibio corazón sin excusas,
los cuadros persuadidos,
saberte aquí.
Habrá para vivir cualquier huida
y el momento de la espuma y el sol
que aquí permanecieron.
Habrá para aprender otra piedad
y el momento del sueño y el amor
que aquí permanecieron.
Esta noche, otra noche
tú estarás,
tibia estarás al alcance de mis ojos,
lejos ya de la ausencia que no nos pertenece.
He conservado intacto tu paisaje
pero no sé hasta dónde está intacto sin ti,
sin que tú le prometas horizontes de niebla,
sin que tú le reclames su ventana de arena.
Puedes querer el alba cuando ames.
Debes venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú,
aunque contigo traigas
dolor y otros milagros.
Aunque seas otro rostro
de tu cielo hacia mí.

domingo, 10 de mayo de 2009

Vicente Aleixandre y Merlo (España 1898 - 1984)



Partida

Aquí los cantos, los grupos, las figuras;
oh cabezas, yo os amo bajo el sueño.
Aquí los horizontes por cinturas;
oh caricias, qué llano el mundo ha sido.
Entre helechos, garganta o espesura,
entre zumo de sueño o entre estrellas,
pisar es zozobrar los corazones
(borda de miel), es tacto derramado.

Esa ladera oculta,
esa montaña inmensa;
acaso el corazón está creciendo,
acaso se ha escapado como un ave,
dejando lejanía como un beso


El frío

La inocencia reclama su candor
(bajo un monte una luna o lo esperado),
la inocencia está muda (pez, aguárdame),
aquí en esta muralla están las letras.
Acariciar unos senos de nácar,
una caja respira y duele todo,
acariciar esta oculta ceniza,
bajo carmín tus labios suspirando.

No se evaden las almas como pliegos,
ese papel doblado por los árboles,
por lo que más duele si sonríen
cuando la luz escapa sin notarse.


Tormento del amor

Te amé, te amé, por tus ojos, tus labios, tu garganta, tu voz,
tu corazón encendido en violencia.
Te amé como a mi furia, mi destino furioso,
mi cerrazón sin alba, mi luna machacada.

Eras hermosa. Tenías ojos grandes.
Palomas grandes, veloces garras, altas águilas potentísimas...
Tenías esa plenitud por un cielo rutilante
donde el fragor de los mundos no es un beso en tu boca.

Pero te amé como la luna ama la sangre,
como la luna busca la sangre de las venas,
como la luna suplanta a la sangre y recorre furiosa
las venas encendidas de amarillas pasiones.

No sé lo que es la muerte, si se besa la boca.
No sé lo que es morir. Yo no muero. Yo canto.
Canto muerto y podrido como un hueso brillante,
radiante ante la luna como un cristal purísimo.

Canto como la carne, como la dura piedra.
Canto tus dientes feroces sin palabras.
Canto su sola sombra, su tristísima sombra
sobre la dulce tierra donde un césped se amansa.

Nadie llora. No mires este rostro
donde las lágrimas no viven, no respiran.
No mires esta piedra, esta llama de hierro,
este cuerpo que resuena como una torre metálica.

Tenías cabellera, dulces rizos, miradas y mejillas.
Tenías brazos, y no ríos sin límite.
Tenías tu forma, tu frontera preciosa, tu dulce margen
de carne estremecida.
Era tu corazón como alada bandera.

¡Pero tu sangre no, tu vida no, tu maldad no!
¿Quién soy yo que suplica a la luna mi muerte?
¿Quién soy yo que resiste los vientos, que siente las
heridas de sus frenéticos cuchillos,
que le mojen su dibujo de mármol
como una dura estatua ensangrentada por la tormenta?

¿Quién soy yo que no escucho entre los truenos,
ni mi brazo de hueso con signo de relámpago,
ni la lluvia sangrienta que tiñe la yerba que ha nacido
entre mis pies mordidos por un río de dientes?

¿Quién soy, quién eres, quién te sabe?
¿A quién amo, oh tú, hermosa mortal,
amante reluciente, pecho radiante;
¿a quién o a quién amo, a qué sombra, a qué carne,
a qué podridos huesos que como flores me embriagan?


Mudo de noche

Las ventanas abiertas.
Voy a cantar doblando.
Canto con todo el cuerpo,
moviendo músculos de bronce
y sostenido el cielo derrumbado como un sollozo retenido.

Con mis puños de cristal lúcido quiero ignorar las luces,
quiero ignorar tu nombre, oh belleza diminuta.
Entretenido en amanecer,
en expulsar esta clarividencia que me rebosa,
siento por corazón un recuerdo, acaso una pluma,
acaso ese navío frágil olvidado entre dos ríos.
Voy a virar en redondo.
¿Cómo era sonreír, cómo era?
Era una historia sencilla, fácil de narrar, olvidada
mientras la luz se hacía cuerpo y se la llevaban las sangres.

Que fácil confundir un beso y un coágulo.

Oh, no torzáis los rostros como si un viento los doblase,
acordaos que el alba es una punta no afilada
y que su suavidad de pluma es propicia a los sueños.
Un candor, una blancura, una almohada ignorante de las cabezas,
reposa en otros valles donde el calor está quieto,
donde ha descendido sin tomar cuerpo
porque ignora todavía el bulto de las letras,
esos lingotes de carne que no pueden envolverse con nada.
esta constancia, esta vigencia, este saber que existe,
que no sirve cerrar los ojos y hundir el brazo en el río,
que los peces de escamas frágiles no destellan como manos,
que resbalan todas las dudas al tiempo que la garganta se obstruye.

Pero no existen lágrimas.
Vellones, lana vivida, límites bien tangibles
descienden por las laderas para recordarme los brazos.
¡Oh, sí!, la tierra es abarcable y los dedos lo saben.
Ellos ciegos de noche se buscan por los antípodas,
sin más guía que la fiebre que reina por otros cielos,
sin más norte, oh caricia, que sus labios cruzados.


Ciudad del paraíso

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.
Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.
Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores de brillos.
Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.
Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.
Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!
Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.


El olvido

No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y muere.

Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o su mención, y arden tus dedos,
como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El frío quema y en tus ojos nace
su memoria. Recordar es obsceno,
peor: es triste. Olvidar es morir.

Con dignidad murió. Su sombra cruza.


Se querían

Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.
Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.


Al cielo

El puro azul ennoblece
mi corazón. Sólo tú, ámbito altísimo
inaccesible a mis labios, das paz y calma plenas
al agitado corazón con que estos años vivo.
Reciente la historia de mi juventud, alegre todavía
y dolorosa ya, mi sangre se agita, recorre su cárcel
y, roja de oscura hermosura, asalta el muro
débil del pecho, pidiendo tu vista,
cielo feliz que en la mañana rutilas,
que asciendes entero y majestuoso presides
mi frente clara, donde mis ojos te besan.
Luego declinas, ¡oh sereno, oh puro don de la altura!,
cielo intocable que siempre me pides, sin cansancio, mis besos,
como de cada mortal, virginal, solicitas.
Sólo por ti mi frente pervive al sucio embate de la sangre.
Interiormente combatido de la presencia dolorida y feroz,
recuerdo impío de tanto amor y de tanta belleza,
una larga espada tendida como sangre recorre
mis venas, y sólo tú, cielo agreste, intocado,
das calma a este acero sin tregua que me yergue en el mundo.
Baja, baja dulce para mí y da paz a mi vida.
Hazte blando a mi frente como una mano tangible
y oiga yo como un trueno que sea dulce una voz
que, azul, sin celajes, clame largamente en mi cabellera.
Hundido en ti, besado del azul poderoso y materno,
mis labios sumidos en tu celeste luz apurada
sientan tu roce meridiano, y mis ojos
ebrios de tu estelar pensamiento te amen,
mientras así peinado suavemente por el soplo de los astros,
mis oídos escuchan al único amor que no muere.




Vicente Aleixandre y Merlo (Sevilla, 1898 – Madrid 1984)

Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo nace en Sevilla, el 26 de abril de 1898, en una familia burguesa de clase media. Su padre era ingeniero de ferrocarriles. Tempranamente, a los 2 años de edad, se traslada a Málaga, ciudad y litoral mediterráneos, cuyo paisaje y circunstancia influirán decididamente su poesía, ya que allí transcurrirá toda su infancia.
En 1909, la familia Aleixandre se traslada a Madrid, donde Vicente cursará su vida escolar y universitaria, estudiando Derecho y Comercio. Tras su licenciatura, ejercerá el profesorado en la Escuela de Comercio de Madrid entre los años 1920 a 1922.
En el verano de 1917 conoce a Dámaso Alonso en un pueblo de Ávila, lo cual incentiva aún más sus tendencias literarias que ya venía desarrollando con algunos jóvenes de su generación. Alonso lo llevó a la lectura de los clásicos recientes de la poesía en español como Bécquer, Machado, Juan Ramón Jiménez y Rubén Darío. Esto despierta su pasión por la poesía.
En 1925 se le diagnostica una tuberculosis renal que, en 1932, lo llevará a perder uno de sus riñones.
En 1926 publica sus primeros poemas en la Revista de Occidente, prestigiosa edición cultural de la época. El reconocimiento literario que esta publicación le facilitó, hizo que entrara en contacto con otros miembros de la generación del 27, como Federico García Lorca, Rafael Alberti y Luis Cernuda.
Conoce a Andrés Acero en los años 30 y mantiene una relación amorosa con él, celosamente escondida para que su homosexualidad no afectara a su familia. esta relación se verá interrumpida por el exilio que Acero sufrirá (a México) tras la guerra civil española, siendo Vicente uno de los pocos autores de su generación que permanecerá en España a pesar de la guerra, y se convertirá en maestro y protector de los poetas jóvenes de la segunda mitad del siglo XX, quienes se reunían con él para celebrar frecuentes tertulias literarias en su casa de Madrid.
Es nombrado miembro de la Real Academia Española en 1949 y fue galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1977. Siete años después fallece en Madrid, el 13 de diciembre de 1984.
Su obra poética se inicia con Ámbito, publicada en 1928, a la cual seguirá, en 1932, Espadas como labios. En 1935 publicará La destrucción o el amor, por la cual merecerá el Premio Nacional de Literatura. Ese mismo año publicará Pasión de la tierra, edición que aumentará en 1946. En 1944 vendrá Sombra del Paraíso, en 1948 En la muerte de Miguel Hernández, en 1950 Mundo a solas, y en 1952 Poemas paradisiacos.
A estas obras seguirán Nacimiento último (1953), Historia del corazón (1954), Ciudad del Paraíso (1960). Este mismo año verá la publicación de sus primeras Poesías completas. En 1962 publica En un vasto dominio, que lo hará merecedor al Premio de la crítica de ese mismo año. En 1965 ve la luz Retratos con nombre, y en 1968 una nueva recopilación en sus Obras completas, edición que será aumentada en 1977.
En 1968 un nuevo Premio de la Crítica vendrá por la obra Poemas de la consumación. En 1971 publicará la antología Poesía surrealista. En 1971 Sonido de la guerra, en 1974, Diálogos del conocimiento, en 1984 Tres poemas seudónimos, en 1987 Nuevos poemas varios, en 1991 En gran noche. Últimos poemas. En 1993, con Dámaso Alonso, publicará Álbum. Versos de juventud.
Dos ediciones de sus Poesías completas, se publicaron los años 2001 y 2002.
Su escasa obra en prosa habla de poesía o de poetas, demostrando la entrega total de Vicente a la poesía.