miércoles, 9 de septiembre de 2009

Óscar Hahn Garcés (Chile, 1938)


“Eso fuimos los dos: torres gemelas que se desplomaron
Torres en llamas que se hicieron escombros...”



Óscar Hahn Garcés (Iquique, Chile, 1938)

Óscar Arturo Hahn Garcés nació el 6 de julio de 1938 en Iquique, Chile. Hijo de Enriqueta Garcés Sánchez y de don Ralph Arturo Hahn Valdés, matrimonio del cual nacieron 3 hijos. A sus 4 años de vida, en 1942, fallece su padre, un día 28 de marzo. Entre 1945 y 1951 cursa su enseñanza básica en el Trinity College, en el colegio Don Bosco y en la Escuela anexa al Liceo de hombres de Iquique. Cultiva la natación como deporte y en tales lides participa en el campeonato nacional de natación que se realiza en Viña del Mar en 1952. Este mismo año se traslada con la familia a Valdivia, ya que sus padres, funcionarios ambos del Servicio de Seguro Social, son destinados a aquella zona. Esta parte de la enseñanza media la realiza en el Liceo de hombres de Valdivia. Dos años después se traslada nuevamente, con sus padres, a Rancagua, donde completa la enseñanza media en el Liceo de Rancagua. Por esta época proyecta sus primeros poemas pero los desecha. Prontamente va tomando conciencia de su hacer poético y escribe alrededor de 1955 poemas como Fábula nocturna, y Reencarnación de los carniceros, que luego aparecerán en sus publicaciones. Un grupo literario rancagüino, “Los Inútiles”, apoya sus iniciativas. En 1957 egresa de la educación media siendo reconocido en el Liceo de Rancagua como el mejor alumno y el mejor compañero. Obtiene el bachillerato en humanidades.
Un año después ingresa a la carrera de Pedagogía en Castellano en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde funda el grupo literario Yunque, y asiste al Primer Encuentro Nacional de Grupos Literarios que se lleva a cabo en Rancagua. Lee por primera vez en público frente a la tumba de Óscar Castro (escritor y poeta chileno nacido en Rancagua en 1910 y fallecido a los 37 años en Santiago de Chile) su poema Letanía para un poeta difunto. Por esta época inicia su amistad con otro importante poeta chileno, don Pedro Lastra.
En 1959 obtuvo el Premio Poesía de la Federación de Estudiantes de Chile. En el año 1960 recibe el Premio Alerce de Poesía que otorga la Sociedad de Escritores de Chile, por el manuscrito inédito de Esta rosa negra. Al año siguiente obtiene una beca de intercambio estudiantil que se realiza entre la Universidad de Chile y la Universidad de Texas. En este año de 1961 se publica Esta rosa negra, su primer libro de poemas.
En 1963 obtiene el título de profesor de Castellano (Inst. Pedagógico de la Universidad de Chile) e inicia su ejercicio docente en el Colegio Medio de niñas de Arica. En el mismo año 1963 se casa con Antonieta Cova Sánchez y conoce a Pablo Neruda con quien se reúne en varias oportunidades. Estando en Arica, en 1964, nace su hija Claudia y escribe su poema Gladiolos junto al mar, el cual fue incluido en una antología de poesía chilena titulada Las cien mejores poesías chilenas. En 1965 inicia labor docente en la sede ariqueña de la Universidad de Chile, como profesor de Literatura Chilena e Hispanoamericana, y en este mismo año obtiene el Premio Único de Poesía del Norte, para el cual presento una selección de poemas inéditos a la que tituló Summa poética. En 1967 funda y dirige la carrera de Pedagogía en Castellano de la sede Arica de la Universidad de Chile. Al año siguiente conoce a Enrique Lihn y entabla con él una gran amistad. En 1970 participa en diversas actividades de apoyo a la candidatura presidencial de Salvador Allende.
En 1971 contrae matrimonio con Nancy Jorquera Caro y ese mismo año es invitado al Taller Internacional de Escritores de la Universidad de Iowa, universidad en la cual, al año siguiente, obtiene el grado de Master of Arts. Tras ingresar al programa doctoral de la State University of New York, debe abandonarlo para regresar a Arica dada la tensa situación política de su país.. En 1973, a consecuencia del golpe militar en Chile, es arrestado un día 12 de septiembre, en Arica, siendo recluido en la cárcel pública por 10 días como preso político. Se le solicita la renuncia a su cargo en la Universidad de Chile, a lo cual accede y se refugia en Los Vilos, en casa de sus suegros. En 1974 sale de su país, exiliado y llega a New York el 8 de agosto. Ya instalado, inicia estudios en la Universidad de Maryland con la intención de obtener el doctorado. Se desempeña como Instructor en el Departamento de Español de dicha universidad.
En 1976 graba sus poemas en el Archivo de Literatura Hispánica de la Biblioteca del Congreso de Washington, y entre 1978 y 1988 fue colaborador de Handbook of Latin American Studies de la Biblioteca del Congreso de Washington D.C
En 1977 publica Arte de morir, con prólogo de Enrique Lihn, y este mismo año obtiene el grado de Doctor en Filosofía (Ph.D.) en la Universidad de Maryland.
En 1978 tienen lugar sus conocidos encuentros con Raymond Carver en Iowa City, y al año siguiente, su libro Arte de Morir fue incluido en la Enciclopedia Británica como uno de los Libros del Año.
En 1980 participa en el Simposio sobre poesía latinoamericana organizado por la Universidad de Poitiers, Francia.
En 1981 se publica Mal de amor, con ilustraciones de Mario Toral. El 25 de agosto y en ausencia de Óscar Hahn, el libro es presentado por Enrique Lihn, pero días después, el Ministerio del Interior le niega el permiso de circulación, convirtiéndose así en el primer libro de poemas prohibido por el gobierno militar, después de haber sido impreso y distribuido. Este mismo año fallece su padrastro Raúl Varas Gómez.
En 1982 obtiene el Premio May Brodbeck de la Universidad de Iowa al mejor proyecto de investigación en el área de humanidades.
En 1984, y encontrándose en Chile, aparece en el diario El Mercurio, una foto en la que entre otros “materiales subversivos”, como panfletos y armamento, se aprecia su libro Imágenes nucleares, dando cuenta de objetos encontrados en un supuesto refugio de extremistas. Oscar Hahn solicita la protección de la Vicaría de la Solidaridad, dado el evidente montaje armado alrededor de su persona.
En 1987 se casa por tercera vez, con Marcela Ochoa Penroz y al año siguiente, en Iowa, nace su hija Stanzy, y en 1990 nace su hijo Diego.
En 1991 es designado miembro correspondiente en los Estados Unidos, de la Academia Chilena de la Lengua.
En 1992 es designado miembro del jurado del Premio Casa de las Américas de Cuba. En un par de ocasiones posteriores es solicitado como miembro del jurado del Premio Revista de Libros de El Mercurio.
En 1996 es nominado al Premio Reina Sofía por el Instituto de Letras de la Universidad Católica de Chile.
El martes 6 de octubre de 1996 sufre infarto cardiaco y es intervenido en el Mercy Hospital de Iowa City.
Entre agosto y diciembre del 2002 es escritor en residencia en el Instituto de Letras de la Universidad Católica de Chile.
En el año 2003 es vicepresidente del XII Congreso de Literatura Iberoamericana efectuado en la Universidad de Iowa, y la revista norteamericana Ralph (Review of Arts, Literature, Philosophy and Humanities) en su número 100 elige al poema La muerte está sentada a los pies de mi cama, como uno de los 21 mejores poemas publicados en traducción al inglés en la década 1993-2003. En el mismo año 2003 recibe el Premio Altazor de Poesía por el libro Apariciones profanas.
En 2004 obtiene el Premio Latino de Poesía otorgado por el Instituto de Escritores Latinoamericanos de New York, al mejor libro en lengua castellana publicado en 2003, por su libro Obras Selectas. En este año 2004 es nominado al Premio Nacional de Literatura de Chile.
El 16 de enero de 2005 fallece su madre, a los 94 años de edad.
En el año 2005, la Ilustre Municipalidad de Iquique lo declara Hijo Ilustre de esa ciudad.
En 2006 obtiene el Premio Casa de América de Poesía Americana por su obra En un abrir y cerrar de ojos.
Ha participado en un sinnúmero de conferencias, simposios, congresos, seminarios, festivales y lecturas poéticas por todo el mundo.
En la actualidad, Óscar Hahn es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Iowa.
La obra poética de Óscar Hahn se reúne en las siguientes publicaciones:
-Esta rosa negra, 1961.
-Summa poética, 1965.
-Agua final, 1967.
-Arte de morir, 1977.
-Mal de amor, 1981.
-Imágenes nucleares, 1983.
-Flor de enamorados, 1987.
-Estrellas fijas en un cielo blanco, 1989.
-Tratado de sortilegios, 1992.
-Versos robados, 1995.
-Antología virtual, 1996.
-Flor de enamorados, 1997.
-Poemas de amor, 2001.
-Apariciones profanas, 2001.
-Obras selectas, 2003.
-Sin cuenta poemas, 2005.
-Obra poética, 2006.
-En un abrir y cerrar de ojos, 2006.
-Archivo expiatorio, 2007.
-Hotel de las nostalgias, antología, (Lima: Lustra editores, 2007).
-Pena de vida, 2008.
-Poemas de la era nuclear, 2008

Ha publicado además diversos estudios y ensayos, muchos de ellos relacionados con la literatura fantástica.

Aquí una breve selección de la poesía de Óscar Hahn:



Soy una piedra lanzada de canto

Muerte,
escondiéndose en los arrabales
del silencio;
en los sutiles pliegues
de las sombras,
¿Soy el lanzado como una piedra
por la mano de Dios,
en el agua de la existencia?
¿Soy el que en ondas circulares
irá creciendo
hasta desbordarse en el vacío letal?
Porque ahora,
como una tangente en agonia,
toqué el acuoso círculo de las ondas
despeñables ;
y lleno de pavor,
como quien ve resucitar
a sus muertos olvidados,
sentí el hambre de conocer
la lejanía eterna.
Se romperá el espejo
de mi vigilia,
y no reflejará mis carnes
en la florida tierra.
Per0 hay que morirse con las uñas largas
para poder cogerse del recuerdo.
He allí la más pura forma de resurrecci6n.
Heme aquí creando la inmensidad de Dios
a imagen y semejanza de la muerte.


(De Esta rosa negra, 1961)


Puede bajarse el texto completo de Esta rosa negra, en la dirección siguiente:
www.scribd.com/doc/7320554/Hahn-Oscar-Esta-Rosa-Negra?autodown=txt


Venid a la danza mortal

Venid a la danza mortal de los nacidos
gamuzas y ojotas venid a la danza
aquí no se inclina jamás la balanza
lacayos y reyes lanzando bufidos
tomados del brazo ya danzan unidos
Un ropavejero será tu pareja
tendrás que entregarle tu carne más vieja
y en puro esqueleto dar saltos tullidos

(De Arte de morir, 1977)


Agua geométrica

Círculos dan las aguas temerarias
esta agua sin duda inteligentes
a la lluvia de fúnebres tangentes
y de cuerdas y cuerdas sanguinarias

Dan a las bisectrices funerarias
ángulos esta agua transparentes
lados a las guadañas congruentes
esta agua sin duda solitarias

Crecida el agua por la lluvia: dados
líquidos cuerpos a la mar crecida
tangentes cuerdas bisectrices lados

llueven y llueven cada vez más fuerte
y al darle muerte al agua de la vida
les dan vida a las aguas de la muerte

(De Arte de morir, 1977)


La muerte está sentada a los pies de mi cama


Mi cama está deshecha: sábanas en el suelo
y frazadas dispuestas a levantar el vuelo.
La muerte dice ahora que me va a hacer la cama.
Le suplico que no, que la deje deshecha.
Ella insiste y replica que esta noche es la fecha.
Se acomoda y agrega que esta noche me ama.
Le contesto que cómo voy a ponerle cuernos
a la vida. Contesta que me vaya al infierno.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.
Esta muerte empeñosa se calentó conmigo
y quisiera dejarme más chupado que un higo.
Yo trato de espantarla con una enorme rama.
Ahora dice que quiere acostarse a mi lado
sólo para dormir, que no tenga cuidado.
Por respeto me callo que sé su mala fama.
La muerte está sentada a los pies de mi cama.

(De Arte de morir, 1977)


Eso sería todo

Te estoy haciendo un destino aquí mismo
Lo estoy dibujando en las alas de un pájaro
Lo estoy pintando en la pared de mi cuarto

Ahora el pájaro vuela con furia
ahora lanza su grito de guerra
y se dispara contra la pared

Sus plumas están flotando en el espacio
Sus plumas están mojándose en su sangre

Coge una y te escribe este poema

(De Mal de amor, 1981)


Fantasma en forma de sueño

Mi cuerpo inmaterial sin mi sábana
flotaba en tu dormitorio

Tú dormías tranquila tus pechos ondulaban

Y yo incorpóreo
me filtré por los intersticios de tu sueño

Hicimos el amor como si fuera cierto:
irreales los amantes pero real el deseo

Tú gemías dormida y hablabas en el sueño
Yo gemía también y sólo te miraba

Hasta que despertaste

Y volvimos los dos a la vigilia
a ese mundo que ya no compartimos

Avergonzado de mi desnudez invisible
me cubrí con mi sábana

El reloj dio las doce

(De Mal de amor, 1981)


Estrellas fijas en un cielo blanco

Estrellas fijas en un cielo blanco
son los bellos sonetos pues no giran
en torno de orbe alguno ni han rotado
sus densas masas de catorce cifras

No reflejan la luz del sol tampoco
pero irradian su propia luz de adentro
Y en el albor parecen en reposo
o muertos cuyas tumbas son sus cuerpos

Y sin embargo las estrellas fijas
a veces bienhechoras o malignas
siempre de harta energía están cargadas

Y aunque hace miles de años extinguidas
su fulgor todavía nos alcanza
sea por vista o por astrología

(De Estrellas fijas en un cielo blanco, 1989)


Higiene bucal

Tomo una escobilla de dientes
Y la mojo con agua bendita
La escobilla comienza a arder
Como trapo empapado de gasolina
Las cerdas arden y arden
Junto a la llave de agua profana
Tomo la escobilla en llamas
Y me lavo los dientes uno a uno
Si a la escobilla se le ocurre apagarse
Todos nos apagaremos de súbito
Rezo por que se quede encendida
Y libere de pecados mi verbo
Podré sonreírle al altísimo
Con la boca llena de cenizas

(De Versos robados, 1995)


Meditación al atardecer

¿En qué piensa la última rosa del verano
mientras ve desfallecer su color
y evaporarse su perfume?

¿En qué piensa la última nieve del invierno
mientras mira esos rayos de sol
que se abren paso entre las nubes?

¿Y en qué piensa ese hombre
a la hora del crepúsculo
sentado en una roca frente al mar?

En la última rosa del verano
En la última nieve del invierno

(De Versos robados, 1995)


Hueso

Curiosa es la persistencia del hueso
su obstinación en luchar contra el polvo
su resistencia a convertirse en ceniza

La carne es pusilánime
Recurre al bisturí a ungüentos y a otras máscaras
que tan sólo maquillan el rostro de la muerte

Tarde o temprano será polvo la carne
castillo de cenizas barridas por el viento

Un día la picota que excava la tierra
choca con algo duro: no es roca ni diamante

es una tibia un fémur unas cuantas costillas
una mandíbula que alguna vez habló
y ahora vuelve a hablar

Todos lo huesos hablan penan acusan
alzan torres contra el olvido
trincheras de blancura que brillan en la noche

El hueso es un héroe de la resistencia

(De Apariciones profanas, 2001)


Vía Láctea

Le salía leche de los pechos

Le salía leche que bajaba por su cuerpo
en arroyos de indecible blancura

Le salía leche que fluía por su vientre
le mojaba los pies
y se escurría por debajo de la puerta

era un río de leche que corría por la calle
atravesaba el barrio de Santa cruz
y llegaba a la plaza de doña Elvira

Era leche que subía por los árboles
ascendía a los cielos
y se desparramaba en la bóveda infinita

Eran grumos de leche que brillaban en el firmamento

(De Apariciones profanas, 2001)

jueves, 3 de septiembre de 2009

Jaime Sabines Gutiérrez (México, 1926-1999)

El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable


Horal

El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada...

(De Horal, 1950)


Lento, amargo animal

Lento, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.

(De Horal, 1950)


Yo no lo sé de cierto, pero supongo....

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)

(de Horal, 1950)


Entresuelo

Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!
Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.
Desamparada sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.
Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.

(De Horal, 1950)


La cojita está embarazada

La cojita está embarazada.
Se mueve trabajosamente,
pero qué dulce mirada
mira de frente.

Se le agrandaron los ojos
como si su niño
también le creciera en ellos
pequeño y limpio.
A veces se queda viendo
quién sabe qué cosas
que sus ojos blancos
se le vuelven rosas.

Anda entre toda la gente
trabajosamente.
No puede disimular,
pero, a punto de llorar,
la cojita, de repente,
se mira el vientre
y ríe. Y ríe la gente.

La cojita está embarazada
ahorita está en su balcón
y yo creo que se alegra
cantándose una canción:
"cojita del pie derecho
y también del corazón”

(De La Señal, 1951)


Ayer estuve observando a los animales

—Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti. Las hembras son más tersas, más suaves y más dañinas. Antes de entregarse maltratan al macho, o huyen, se defienden. ¿Por qué? Te he visto a ti también, como las palomas, enardeciéndote cuando yo estoy tranquilo. ¿Es que tu sangre y la mía se encienden a diferentes horas?

Ahora que estás dormida debías responderme. Tu respiración es tranquila y tienes el rostro desatado y los labios abiertos. Podrías decirlo todo sin aflicción, sin risas.

¿Es que somos distintos? ¿No te hicieron , pues, de mi costado, no me dueles?

Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto, sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande, de algún modo.

Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día.

Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca.

¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver, como un tercer ojo, como otro pie que sólo yo sé que tuve.

(De Adán y Eva, 1952)


Bajo mis manos crece

Bajo mis manos crece, dulce, todas las noches. Tu vientre suave, manso, infinito. Bajo mis manos que pasan y repasan midiéndolo, besándolo, bajo mis ojos que lo quedan viendo toda la noche.

Me doy cuenta de que tus pechos crecen también, llenos de ti, redondos y cayendo. Tú tienes algo. Ríes, miras distinto, lejos.

Mi hijo te está haciendo más dulce, te hace frágil. Suenas como la pata de la paloma al quebrarse.

Guardadora, te amparo contra todos los fantasmas, te abrazo para que madures en paz.

(De Adán y Eva, 1952)


Tarumba

Tarumba.
Yo voy con las hormigas
entre las patas de las moscas.
Yo voy con el suelo, por el viento,
en los zapatos de los hombres,
en las pezuñas, las hojas, los papeles;
voy a donde vas, Tarumba,
de donde vienes, vengo.
Conozco a la araña.
Sé eso que tú sabes de ti mismo
y lo que supo tu padre.
Sé lo que me has dicho de mí.
Tengo miedo de no saber,
de estar aquí como mi abuela
mirando la pared, bien muerta.
Quiero ir a orinar a la luz de la luna.
Tarumba, parece que va a llover.

(De Tarumba, 1956)


A la casa del día

A la casa del día entran gentes y cosas,
yerbas de mal olor,
caballos desvelados,
aires con música,
maniquíes iguales a muchachas;
entramos tú, Tarumba, y yo,
Entra la danza. Entra el sol.
Un agente de seguros de vida
y un Poeta.
Un policía.
Todos vamos a vendernos, Tarumba.

(De Tarumba, 1956)


Ay, Tarumba

Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo.
Te jala, te arrastra, te deshace.
Zumbas como un panal.
Te quiebras mil y mil veces.
Dejas de ver mujer en cuatro días
porque te gusta desear,
te gusta quemarte y revivirle,
te gusta pasarles la lengua de tus ojos a todas.
Tú, Tarumba, naciste en la saliva,
quién sabe en qué goma caliente naciste.
Te castigaron con darte sólo dos manos.
Salado Tarumba, tienes la piel como una boca
y no te cansas.
No vas a sacar nada.
Aunque llores, aunque te quedes quieto
como un buen muchacho.

(De Tarumba, 1956)


La procesión del entierro

La procesión del entierro en las calles de la ciudad es ominosamente patética. Detrás del carro que lleva el cadáver, va el autobús, o los autobuses negros, con los dolientes, familiares y amigos. Las dos o tres personas llorosas, a quienes de verdad les duele, son ultrajadas por los cláxones vecinos, por los gritos de los voceadores, por las risas de los transeúntes, por la terrible indiferencia del mundo. La carroza avanza, se detiene, acelera de nuevo, y uno piensa que hasta los muertos tienen que respetar las señales de tránsito. Es un entierro urbano, decente y expedito.

No tiene la solemnidad ni la ternura del entierro en provincia. Una vez vi a un campesino llevando sobre los hombros una caja pequeña y blanca. Era una niña, tal vez su hija. Detrás de él no iba nadie, ni siquiera una de esas vecinas que se echan el rebozo sobre la cara y se ponen serias, como si pensaran en la muerte. El campesino iba solo, a media calle, apretado el sombrero con una de las manos sobre la caja blanca. Al llegar al centro de la población iban cuatro carros detrás de él, cuatro carros de desconocidos que no se habían atrevido a pasarlo.

Es claro que no quiero que me entierren. Pero si algún día ha de ser, prefiero que me encierren en el sótano de la casa, a ir muerto por las calles de Dios sin que nadie se dé cuenta de mí. Porque si amo profundamente esta maravillosa indiferencia del mundo hacia mi vida, deseo también fervorosamente que mi cadáver sea respetado.

(De Diario semanario y poemas en prosa, 1961)


Con la flor del domingo

Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua. La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan, por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda de Santa María reúne a los sobrevivientes de la semana.

Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo, la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño. Bastan dos o tres horas de este paseo en blanco para olvidar las fatigas, y para enfrentarse risueñamente a la amenaza de los platos sucios, de la ropa pendiente y de los mandados que no acaban.

Al lado de los viejos, que andan en busca de su memoria, y de las señoras pensando en el próximo embarazo, ellas disfrutan su libertad provisional y poseen el mundo, orgullosas de sus zapatos, de su vestido bonito, y de su cabellera que brilla más que otras veces.

(¡Danos, Señor, la fe en el domingo, la confianza en las grasas para el pelo, y la limpieza de alma necesaria para mirar con alegría los días que vienen!)

(De Diario semanario y poemas en prosa, 1961)


Canciones del pozo sin agua

Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
El dulce alcohol enciende tu cuerpo
como una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se me mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
—a la víbora-víbora de la tierra y del mar—
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

(De Poemas sueltos, 1951 - 1961)


Cuba 65

III.

¿Quién es Fidel?, me dicen,
y yo no lo conozco.

Una noche en el malecón una muchacha que estaba conmigo
dio de gritos palmoteando: -ahí va Fidel,
ahí va Fidel-, y yo vi pasar tres carros.

Otra vez, en un partido de pelota,
la gente le gritaba:
-no seas maleta, Fidel-
como quien le habla a un hermano.
-Vino Fidel y dijo-, dice el guajiro.
El obrero dice: Vino Fidel.

Yo he sacado en conclusión de todo esto
que Fidel es un duende cubano.
Tiene el don de la ubicuidad,
está en la escuela y en el campo,
en la junta de ministros y en el bohío serrano
entre las cañas y los plátanos.
En realidad, Fidel es el nombre
del viento que levanta a cada cubano.

VI.

Haciéndose su casa, Cuba
tiene las manos limpias.
Será una casa para todos,
una casa hermosa y sencilla,
casa para el pan y el agua,
casa para el aire y la vida.

(De Yuria, 1967)


Tlatelolco 68

1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2
El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.

3
Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

La bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

(De Tlatelolco, 1968)


A estas horas, aquí

Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo,
dejar mi cuarto encerrado
y bajar a bailar entre borrachos.
Uno es un tonto en una cama acostado,
sin mujer, aburrido, pensando,
sólo pensando.
No tengo "hambre de amor", pero no quiero
pasar todas las noches embrocado
mirándome los brazos,
o, apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro.
Leer, o recordar,
o sentirme tufos de literato,
o esperar algo.
Habría que bajar a una calle desierta
y con las manos en la bolsas, despacio,
caminar con mis pies e irles diciendo:
uno, dos, tres, cuatro...
Este cielo de México es oscuro,
lleno de gatos,
con estrellas miedosas
y con el aire apretado.
(Anoche, sin embargo, había llovido
y era fresco, amoroso, delgado.)
Hoy habría que pasármela llorando
en una acera húmeda, al pie de un árbol,
o esperar un tranvía escandaloso
para gritar con fuerzas, bien alto.
Si yo tuviera un perro podría acariciarlo.
Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato
o le diría un cuento
que no dijera nada, pero que fuera largo.
Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero
seguir todas las noches vigilando
cuándo voy a dormirme, cuándo.
Yo lo que quiero es que pase algo,
que me muera de veras
o que de veras esté fastidiado,
o cuando menos que se caiga el techo
de mi casa un rato.

La jaula que me cuente sus amores con el canario.
La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,
y la dulce luna de mi armario,
que me digan algo,
que me hablen en metáforas, como dicen que hablan,
este vino es amargo,
bajo la lengua tengo un escarabajo.

¡Qué bueno que se quedara mi cuarto
toda la noche solo,
hecho un tonto, mirando!

(De Otro recuento de poemas, 1972)


Espero curarme de ti

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua", "¿sabes manejar?", "se hizo de noche"... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero".)

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

(De Otro recuento de poemas, 1972)


Lloverás en el tiempo de lluvia

Lloverás en el tiempo de lluvia,
harás calor en el verano,
harás frío en el atardecer.
Volverás a morir otras mil veces.
Florecerás cuando todo florezca.
No eres nada, nadie, madre.
De nosotros quedará la misma huella,
la semilla del viento en el agua,
el esqueleto de las hojas en la tierra.
Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras,
en el corazón de los árboles la palabra amor.
No somos nada, nadie, madre.
Es inútil vivir
pero es más inútil morir.

(De Maltiempo, 1972)


Como pájaros perdidos

Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared: ¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente.

(De Maltiempo, 1972)


Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.
Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.
Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.
Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.

(De Maltiempo, 1972)


Algo sobre la muerte del Mayor Sabines

PRIMERA PARTE

I
Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la
alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.

Nos echamos a andar y no paramos
de andar jamás, después de medianoche,
en ese pasillo del sanatorio silencioso
donde hay una enfermera despierta de ángel.
Esperar que murieras era morir despacio,
estar goteando del tubo de la muerte,
morir poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no
dormías,
ni túnel más espeso de horror y de miseria
que el que llenaban tus lamentos,
tu pobre cuerpo herido.

II
Del mar, también del mar,
de la tela del mar que nos envuelve,
de los golpes del mar y de su boca,
de su vagina obscura,
de su vómito,
de su pureza tétrica y profunda,
vienen la muerte, Dios, el aguacero
golpeando las persianas,
la noche, el viento.

De la tierra también,
de las raíces agudas de las casas,
del pie desnudo y sangrante de los árboles,
de algunas rocas viejas que no pueden moverse,
de lamentables charcos, ataúdes del agua,
de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
y de la yerba, que es la sombra de las ramas del cielo,
viene Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijos,
derrama su corazón en la copa de su vientre.)

De los huesos también,
de la sal más entera de la sangre,
del ácido más fiel,
del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado,
del hígado y del llanto,
viene el oleaje tenso de la muerte,
el frío sudor de la esperanza,
y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.
Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar.)

(De Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, 1973)


El peatón

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

(De Otros poemas sueltos, 1973 – 1994)


Poema de los muslos

Dulces muslos deseados,
íntima piel suave,
mujer en muslos dulces,
¿dónde estás? ¿qué ha quedado
de ti? Para mi boca
el aire calcinado.
Muslos de amor,
amantes, apretados,
tiernos, desnudos, sellados.
Esbeltos de mis ojos,
maduros de mis labios,
crecidos de mi lengua
espiritual, en vano.
Muslos de mi cuello derrotado,
lugar de mis mejillas en descanso,
sitio de mis dientes morados,
venero de salivas,
última cosa de mis manos,
encierro de palomas, trago
de sangre, vértigo usado,
cuchilla de mi corazón guillotinado.
Muslos redondos, llenos,
muslos de mi mujer y mi costado,
y de aire raro.
De menta de espanto.
De olor derretido
y quemado.
Muslos separados,
muslos a horcajadas del diablo,
muslos por todas partes,
multiplicados,
empalizada de muslos
alrededor del solitario,
abrazo de muslos lentos
al desesperado.
Muslos de mujer mordida
retorciéndose y matando.
Brasa de muslos
en la cama del casto.
Sábanas con piel de muslo,
musgo de muslo en la mano.
Muslos que querían muslos,
boca que quería estrago,
vara de carne maciza
sobre los muslos sonando.
Y yo volviendo,
entrando,
y tus muslos abiertos
pozo de los ojos cerrados,
sombra de la lumbre con hambre,
muslos derramados.
Hora de la cabeza caída,
tiempo, amargo,
aquí estoy, aquí, largo,
tendido, extraño,
de piel de muslo rodeado,
de substancia dulce
y espeso caos.
Muslos con senos duros,
con leche, con sal, untados
de olor, sangrados,
con toda mujer, con hombros,
con espaldas; como brazos,
como pitones quebrados,
pero muslos, pero vivos,
dulcísimos, apretados.
Morir de asfixia,
de muerte de muslo, blando
lecho derribado,
de muerte de agua sonora
en el corazón sonando,
de muslos, de muerte obscura
obscureciendo y sonando.
Morir de oídos sombríos
contigo, hogar de sangre,
lívidos, acabando.





Jaime Sabines Gutiérrez (Chiapas, México, 1926 - México DF, 1999)

Jaime Sabines Gutiérrez nació en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, México, el 25 de marzo de 1926. Hijo de don Julio Sabines, mayor del ejército mexicano, de ascendencia libanesa pero nacido en el estado de Tabasco y criado en El Líbano, y de doña Luz Gutiérrez Moguel, mexicana, dama de la alta sociedad de Chiapas .
Desde muy temprano en su infancia mostró inclinación hacia la poesía. Su educación primaria la realizó en Ciudad de México, donde sus padres se habían instalado tras vender las tierras que poseían en Chiapas. Terminada la educación primaria, la familia regresa a Tapachula, también en Chiapas y realiza su educación secundaria en éste estado, donde termina de demostrar sus capacidades de declamador y en donde publicará sus primeros poemas en el periódico escolar “El Estudiante”. Algunos de estos primeros trabajos aparecerán posteriormente en su primera publicación.
A los 19 años viajó a Ciudad de México con la intención de estudiar medicina, carrera en la que se mantuvo los 3 primeros años pero que luego dejó para trasladarse a Chiapas por un tiempo breve y regresó a Ciudad de México para proseguir con Lengua y literatura españolas en la Universidad Nacional Autónoma de México en el año 1949. Durante un tiempo corto residió en la capital mexicana y fue en aquella estancia en que preparó su primera publicación, Horal (1950), que en su proyecto original contaba con 62 poemas y llegó a imprenta con tan sólo 18. Esta edición estuvo a cargo del propio gobierno de Chiapas. Luego publicó La Señal, en 1951, después de lo cual regresó a Chiapas para trabajar como tendero en un negocio de su hermano Juan. Ya para entonces había participado de las reuniones literarias que se llevaban a cabo en casa de Efrén Hernández, y en una de aquellas ocasiones llegó a compartir opiniones con Juan Rulfo y Juan José Arreola entre otros destacados de las letras mexicanas. El trabajo en la tienda no impidió que continúe escribiendo, y es así que preparaba en sus ratos libres su siguiente trabajo: Adán y Eva. En 1953, Juan, su hermano, lo dejó a cargo del negocio de ropa que llevaban atendiendo, ya que debía cumplir con su cargo de diputado. Jaime no cesa de escribir, incluso realiza “ejercicios poéticos” exigiéndose escribir uno o dos sonetos por día que luego desechaba, tal como hizo con una gran cantidad de sus primeros trabajos.
Tras un tiempo de noviazgo, contrajo matrimonio con Josefa Rodríguez Zebadúa en 1953. Ella será el impulso que lo lleve a escribir una de sus principales obras: Tarumba, en 1956. Asimismo, formó junto a Heraclio Zepeda, Juan Bañuelos y Óscar Oliva, el grupo “La Espiga amotinada”. Dada la necesidad económica, se trasladó nuevamente a Ciudad de México, en 1959, para trabajar como administrador de un negocio de venta de alimentos para animales. Es de notar que Jaime Sabines no hizo la vida habitual del poeta “típico” tan marcada por la disipación y la “bohemia”, por el contrario, dedica gran parte de su vida a su negocio, aunque él mismo opina del comercio como una de las actividades más “antipoéticas” que pudiesen existir y se preocupa por tener una vida familiar cálida, se dedica concienzudamente de ser papá, tal vez en concordancia con la vida que su padre, don Julio, le había ofrecido durante su niñez.
En la década del 50 sufre un accidente de consideración cayendo de una escalera y se fractura la cadera y una pierna. Desde este episodio, el dolor y los problemas de salud no dejarán de acompañarlo, sumando a esto su fuerte hábito de fumar.
En el mismo año de 1959 recibe el Premio Chiapas (El Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas), otorgado por dicho estado mexicano, en vista de su creación poética. Jaime Sabines sigue escribiendo y así termina en los años sucesivos su trabajo Diario semanario y poemas en prosa, en 1961 y ese mismo año inicia los trabajos destinados a convertirse en la primera parte de lo que la gran mayoría de los críticos considerarán su obra cumbre, su libro Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, el que obviamente se relaciona con la muerte de su padre, evento que ha marcado fuertemente su vida. esta obra llegará a su fin recién en el año 1973. En 1962 se publica Poemas sueltos. En 1964 logró una beca del Centro Mexicano de Escritores y en 1965 fue nombrado jurado del Premio Casa de las Américas. En 1966 fallece doña Luz, su mamá. En 1967 publicó Yuria. Aunque no deja de escribir, reaparece en 1972 con Maltiempo y en esa década, su hermano Juan lo convence para iniciar carrera política y así, de 1976 a 1979 se desempeña como diputado federal de su Chiapas natal. En el período de 1988 volverá a su función política, esta vez como diputado en el Distrito Federal en el Congreso de la Unión.
En 1983 gana el premio Nacional de Literatura de su país.
En 1985 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Ese mismo año adquirió unas tierras en la zona de los lagos de Montebello donde dedicó parte de su tiempo a cultivar la tierra y estar en contacto con la naturaleza. Cumpliendo los 60 años se le brinda un homenaje por parte de la Universidad Autónoma de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes. Ese mismo año el Gobierno del Estado de Tabasco le entregó el Premio Juchimán de Plata. En 1991, el Consejo Consultivo le otorgó la Presea Ciudad de México. En 1994 el Senado de la República lo distinguió con la Medalla Belisario Domínguez, y luego de ello se suceden diversos reconocimientos a su obra y su trayectoria. Esto le permite realizar viajes a diferentes países de Europa y la misma Norteamérica. Por su libro «Pieces of Shadow» («Fragmentos de sombra»), antología de su poesía traducida al inglés y editada en edición bilingüe, obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura 1996.
La enfermedad que lo agobia, un cáncer, al parecer asociado a una larga historia familiar sobre dicho mal, lo obliga a visitar frecuentemente recintos hospitalarios, llegándose a contabilizar cerca de 35 intervenciones quirúrgica.
Jaime Sabines murió un 19 de marzo de 1999 y fue enterrado, de acuerdo a su expresa voluntad en el panteón Jardín de la Ciudad de México, al lado de sus padres.
El mismo Jaime Sabines se reconoce como un poeta notoriamente influenciable que logra, no sin esfuerzo, encontrar su voz propia. Entre sus principales influencias, él mismo reconoce a Pablo Neruda, García Lorca y a James Joyce.

Obra publicada:

Horal (1950)
La Señal (1951)
Adán y Eva (1952)
Tarumba (1956)
Diario Semanario y poemas en prosa (1961)
Poemas Sueltos (1951, con reedición en 1961)
Yuria (1967)
Tlatelolco (1968)
Maltiempo (1972)
Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973)
Otros Poemas Sueltos (1973, con reedición en 1994)
Pieces of shadows ( Fragmentos de sombras) edición bilingüe español-inglés (1996)

Su obra está recopilada en el libro Nuevo recuento de poemas, realizado en 1977. La obra de Jaime Sabines ha sido traducida a cerca de 12 idiomas.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Carlos Germán Belli (Perú, 1927)

"Es el feliz tiempo desconocido antes
cuando ahora el numen viene acompañado
del férvido amor y el saber celeste"


POEMA

Nuestro amor no está en nuestros respectivos
y castos genitales, nuestro amor
tampoco en nuestra boca ni en las manos:
todo nuestro amor guárdase con pálpito
bajo la sangre pura de los ojos.
Mi amor, tu amor esperan que la muerte
se robe los huesos, el diente y la uña,
esperan que en el valle solamente
tus ojos y mis ojos queden juntos,
mirándose ya fuera de sus órbitas,
más bien como dos astros, como uno.

(De Poemas)


OH HADA CIBERNÉTICA

Oh Hada Cibernética
cuándo harás que los huesos de mis manos
se muevan alegremente
para escribir al fin lo que yo desee
a la hora que me venga en gana
y los encajes de mis órganos secretos
tengan facciones sosegadas
en las últimas horas del día
mientras la sangre circule como un bálsamo a lo largo de mi cuerpo

(De Dentro & fuera)


¡ABAJO LAS LONJAS!

¡Uh Hada Cibernética!
cuándo de un soplo asolarás las lonjas,
que cautivo me tienen,
y me libres al fin
para que yo entonces pueda
dedicarme a buscar una mujer
dulce como el azúcar,
suave como la seda,
y comérmela en pedacitos,
y gritar después:
“¡abajo la lonja del azúcar,
abajo la lonja de la seda!”

(De ¡Oh Hada Cibernética!)


A MI HERMANO ALFONSO

Pues tanto el leño cuanto el crudo hierro
del cepo que severo te avasalla,
unidos cual un órgano se encuentran
desde el cuello hasta las plantas,
no sólo a flor de cuero,
mas sí en el lecho de tu propio tuétano,
que te dejan cual ostra
a la faz del orbe así arraigado;
y el leve vuelo en fin
que el cerúleo claustro siempre ejerce
el ave más que el austro desalada,
¿cuándo a ti llegará?,
mientras abajo tú en un aprisco solo
no mueves hueso alguno
ni agitas ya la lengua
para llamar al aire;
pues en el orbe todo viene y va
al soplo de la vida,
que pródigo se torna
para muchos y a no más otros pocos
áspero, vano o nada para siempre.

(De El pie sobre el cuello)


SEXTINA DEL MEA CULPA

Perdón, papá, mamá, porque mi yerro
cual cuna fue de vuestro ajeno daño,
desde que por primera vez mi seso
entretejió la malla de los hechos,
con las torcidas sogas de los hechos,
donde cautivo yazgo hasta la muerte.

Como globo aerostático en la muerte,
henchida por la bilis de los yerros,
la conciencia saldrá desde la zaga,
y morir cuán cercado por los daños,
del orbe será el más lastimoso hecho,
que suerte no es del ilustrado seso.

Pues son cosas de un aturdido seso
no ser despabilado ni en la muerte,
y en verdad es un inaguantable hecho
que adherida prosiga el alma al yerro,
hasta cuando sumida en crudos daños
el cuerpo pase a polvo en plena zaga.

De los oficios y el amor en zaga,
por designio exclusivo de mi seso,
me dejan así los mortales daños,
aún en el umbral de la propia muerte,
que tal sucede por labrar con yerros
los espesos lingotes de los hechos.

Yo, papá, mamá, vuestros dulces hechos
cuánto agrié por yacer no más en zaga,
perdido en la floresta de los yerros,
y corridos os fuisteis por mi seso,
entre ascuas de rubores a la muerte,
bajo el largo diluvio de los daños.

Porque el error engrana con el daño,
al errar yo os dañe como feo hecho,
os lanzando cuán presto hacia la muerte,
en tanto inmóvil yazgo siempre en zaga,
al arbitrio del antro de mi seso,
donde nacen los más mortales yerros.

Si mi seso, papá, mamá, en la zaga,
que postrer hecho sea ante la muerte
pagar los daños y lavar los yerros.

(De Por el monte abajo)


EN EL COTO DE LA MENTE

En las vedadas aguas cristalinas
del exclusivo coto de la mente,
un buen día nadar como un delfín,
guardando tras un alto promontorio
la ropa protectora pieza a pieza,
en tanto entre las ondas transparentes,
sumergido por vez primera a fondo
sin pensar nunca que al retorno en fin
al borde de la firme superficie,
el invisible dueño del paraje
la ropa alce furioso para siempre
y cuán desguarnecido quede allí,
aquel que los arneses despojóse,
para con premeditación nadar,
entre sedosas aguas pero ajenas,
sin pez siquiera ser ni pastor menos.

(De Sextinas y otros poemas)


LA CARA DE MIS HIJAS

Este cielo del mundo siempre alto,
antes jamás mirado tan de cerca,
que de repente veo en el redor,
en una y otra de mis ambas hijas,
cuando perdidas ya las esperanzas
que alguna vez al fin brillara acá
una mínima luz del firmamento,
lo oscuro en mil centellas desatando;
que en cambio veo ahora por doquier,
a diario a tutiplén encegueciéndome
todo aquello que ajeno yo creía,
y en paz quedo conmigo y con el mundo
por mirar esa luz inalcanzable,
aunque sea en la cara de mis hijas.

(De En alabanza del bolo alimenticio)


VILLANELA

Llevarte quiero dentro de mi piel,
si bien en lontananza aún te acecho,
para rescatar la perdida miel.

Contemplándote como un perro fiel,
en el día te sigo trecho a trecho,
que haberte quiero dentro de mi piel.

No más el sabor de la cruda hiel,
y en paz quedar conmigo y ya rehecho,
rescatando así la perdida miel.

Ni viva aurora, ni oro, ni clavel,
y en cambio por primera vez el hecho
de llevarte yo dentro de mi piel.

Verte de lejos no es cosa cruel,
sino el raro camino que me he hecho,
para rescatar la perdida miel.

El ojo mío nunca te es infiel,
aún estando distante de tu pecho,
que haberte quiero dentro de mi piel,
y así rescatar la perdida miel.

(De Canciones y otros poemas)


NO SALIR JAMAS

¿Cuándo, cuándo de nuevo volveré,
en qué minuto, día, año o centuria,
al sacro rinconcillo de mi dueña,
paraje oculto para mí guardado,
y a merced de su excelsa carne allí
yacer dentro y no salir jamás?
A aquel lugar yo quiero retornar,
hasta el punto central eternamente,
introducido en el secreto valle,
y en ella cuerpo y alma así cuajado.
No quiero nada más sino volver
adonde fugazmente ayer estuve,
cruzar el umbral con seguro paso
y ahora para siempre allí quedarme,
no como dueño de un terrenal sitio,
mas por entero rey del universo.

4 de enero de 1986

(De Bajo el sol de la medianoche rojo)


BUSCO FURIOSAMENTE UN REMANSO

Busco con el furor del gladiador
un apacible sitio solitario,
y expansionarme allí conforme pide
la incontenible gana a cada rato,
porque es el codiciado buen mudar
cuando caudillo de mí mismo vaya
transportándome todo rápidamente
hasta el remanso aquel equidistante
entre el cielo y la tierra,
donde una suave paja y unas migas
y el atril de madera amarillenta
como vertical mesa en que saciar
el voraz plagio de los ricos libros
para el alegre día,
que sólo amanecer tendrá y no ocaso.

Escudriño por donde voy ahora
resueltamente con seguro andar
el sitio conveniente al cuerpo y alma
para alcanzarlo y encerrarlo en mí,
y no perderlo nunca mientras viva;
porque por tal razón incluso busco
en las ondas del fuego y agua y aire
un sitio reducido a condición
de chispa, gota o soplo,
que aunque efímero espacio tan brevísimo
dentro del vasto mundo terrenal,
en virtud de vos, oh deleite humano,
ya no acaba la vida sino empieza
cuando Adán y Eva son
cual dos gigantes, cual solamente uno.

(De En el restante tiempo terrenal)


A PRISA INMÓVIL

A prisa inmóvil inmediatamente
(sin duda es éste un pensamiento absurdo,
pero da cuenta de quien llega pronto
al mundo y yace fijo como un clavo
metido eternamente en la madera).
En consecuencia en adelante entonces
sin pasos ni aletazos maquinales,
aunque de rincón en rincón a gatas
en pos de un punto mínimo siquiera
para allí soñar cómo es el vivir
contento en el más delicioso espacio
tal un gamo corriendo o pez nadante
o pájaro del suelo al cielo yendo.

(De Acción de gracias)


BALADA DE LA PANACEA

En la farmacia en que reina la paternal panacea,
allí justo frente a frente al océano infinito,
por primera vez vislumbro aquella luz que alborea
iluminando el espacio como si fuera aerolito,
donde contemplo con pasmo el impar y laico rito
que forja el medicamento para prolongar la vida,
¡claro está! cerrando antes esta espiritual herida
y después el manantial sanguinolento de fuera,
por lo cual las estaciones me las gozo sin medida
hasta mudar el otoño en la mayor primavera.

Por nacer allí contento cómo suelo gritar ¡ea!
luego de tomar los tónicos que activan el apetito,
embutiendo el seso y vientre con todito lo que sea,
aunque el día postrimero de ciencia y kilos ahíto,
que ayer bruto y indeleble hoy ciclópeo y erudito,
quien así evita partir en medio de atroz caída,
pues leyendo y engullendo se arregla la despedida
mejor cuando uno alza vuelo a la divinal esfera,
que a cada fórmula química hay que brindarle cabida
hasta mudar el otoño en la mayor primavera.

Los muros de la farmacia fuertes ante la marea
del mar siempre tormentoso y de tamaño inaudito,
y en la medicinal arca incólume la gragea
que saludable convierte el existencial circuito,
reconstituyendo a fondo el físico ser marchito
para que pueda librar la postrera acometida
y darle a la muerte ignota una cortés acogida
como la más agradable e incontenible quimera,
que previamente la mala hora por fin se despida
hasta mudar el otoño en la mayor primavera.

Yo alabo la panacea por paternal tan querida,
y por ser así se torna una cosa socorrida,
por la que inmortal se siente un pobre humano
cualquiera,
tal si de acá al más allá resulta una ida y venida
hasta mudar el otoño en la mayor primavera.

(De En las hospitalarias estrofas)


CUANDO LOS OTOÑOS SE VAN

No sólo la noche cuán inexorable,
sino por igual un acoso fiero
de estorbos pesados, que justo fue así
en la primavera del distante ayer
cuando asiduo andaba
del reino interior a la blanca página.

He allí a la sazón los impedimentos
de la más variada índole en el mundo,
por causa exclusiva del humano numen
que sin proponérselo desataba a diario
en sueño y vigilia
aparentemente contra el buen vivir.

Pero de improviso el áureo mudar
de las circunstancias cuánto negativas,
que de arriba abajo obra por fortuna,
y la oscura noche pasa a ser aurora
en medio del pasmo
de aquel que creía en tinieblas todo.

Y llegó el otoño y las circunstancias
de la boda atávica desta pluma y letra
cuán desemejantes resultan entonces
pues hoy me aproximan alejada dama
y al don terrenal
de leer por siempre
(aunque marque bien).

Es el feliz tiempo desconocido antes,
cuando ahora el numen viene acompañado
del férvido amor y el saber celeste,
justo un gran presente de los santos cielos,
que es como vivir
por anticipado la eternidad próxima.

(De El alternado paso de los hados)


Y APENAS TE CONOZCO…

Y apenas te conozco y ya te extraño,
en ti fijando todo el pensamiento,
que tras tus huellas la corteza araño.

Más que un milenio fueron estos años,
en tu espera mirando el firmamento,
y apenas te conozco y ya te extraño.

Pero aguardarte no fue un desengaño,
y no importa si acá aún no te siento
que tras tus huellas la corteza araño

del orbe ahora impenetrable al daño,
por ti mudado en venturoso asiento,
y apenas te conozco y ya te extraño.

Bien me ha valido ansiarte tanto antaño,
no más palpando como un ciego el viento,
que tras tus huellas la corteza araño.

Poseo al fin del monte el gran tamaño,
y del seso el divino entendimiento,
y apenas te conozco y ya te extraño
que tras tus huellas la corteza araño.

(De Sextinas, villanelas y baladas)




Carlos Germán Belli, Lima 1927

Carlos Germán Belli de la Torre nació en Chorrillos, distrito costero de la capital peruana, el día 15 de septiembre de 1927. Hijo de inmigrantes italianos, padre diplomático y madre química farmacéutica, vive su primera infancia en Amsterdam, donde a los 4 años de edad acude a su primer jardín infantil, hasta los 6 años. El resto de su escolaridad la realiza en Lima, en el colegio Antonio Raimondi, colegio perteneciente a la colonia italiana en Perú. Allí cursa su vida escolar entre los años 1935 a 1945. Tuvo un hermano que nación con discapacidad y de quien fue tutor a la muerte de su madre, de él afirmará posteriormente “fue mi ancla” y quien lo mantendrá con los pies en la tierra para seguir adelante. Luego ingresa a la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima, en el año 1946 pero se trasladó al año siguiente a la Universidad Católica de Lima donde estudió los años 1947 y 1948, para regresar a San Marcos en donde permaneció hasta el año 1957. Se casó con Carmela en el año 1959, con quien tuvo 2 hijas, Pilar y Mariela. Fue su esposa quien lo impulsó a culminar sus estudios de letras en la universidad. Así, obtuvo el bachillerato en 1978 y el grado de Doctor en Literatura en diciembre de 1980, tras sostener su tesis sobre La Poesía de Oquendo de Amat. Simultáneamente a sus estudios, ocupó mucho de su tiempo transcribiendo documentos para la biblioteca de la Cámara de senadores del Perú (años 1946 a 1968). Llegó a ser profesor de literatura en la Universidad San Marcos en 1967 y al año siguiente fue nombrado profesor asistente en dicha casa de estudios. Ha trabajado también como traductor. En los años 1970, 1971, 1974 y a partir del año 1980, ha ejercido la docencia en su especialidad en la Universidad Nacional de San Marcos, en Lima.
Participó también en la reforma educativa que se llevó a cabo en Perú entre los años 1971 y 1976.
Ha participado también como redactor del diario El Comercio, de Perú y desde 1980 es miembro de la Academia Peruana de la Lengua.
Belli se inicia en la escritura entre los 18 y los 20 años, se hace lector asiduo de los autores del siglo de oro español (siglos XVI y XVII), ampliando su repertorio a Arnaut Daniel y sumergiéndose luego en el cancionero de Petrarca.
Ha viajado a un sinnúmero de destinos, los suficientes como para autoconsiderarse en la actualidad un “cronista de viajes”.
Ha recibido en dos ocasiones la beca de la Fundación Guggenheim (1967 y 1987) y ha participado un par de veces en el Programa Internacional de Escritores de la Universidad de Iowa (1969 y 1977). Ha asistido a diversos eventos literarios como el Festival Internacional de Poesía, en Nueva Delhi, en 1985, el Congreso Mundial de Poetas, en Florencia, en 1986, y el Encuentro Internacional Chile Poesía, en 2001.
Obtuvo en 1962 el Premio Nacional de Poesía del Perú, el Premio de Fomento a la Cultura de la Sociedad Nacional de Industrias, en 1986 y el premio José María Eguren en 2004. Además obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2006, y el Premio Casa de las Américas de Poesía, José Lezama Lima, en el año 2009.
Sus obras publicadas son:
- Poemas, 1958
- Dentro y fuera, 1960
- ¡Oh hada cibernética!, 1961, con una versión aumentada en 1962. Esta obra se hizo merecedora al Premio Nacional de Poesía en 1962.
- El pie sobre el cuello, 1964
- Por el monte abajo, 1966
- Sextinas y otros poemas, 1970
- En alabanza del bolo alimenticio, 1979
- Canciones y otros poemas, 1982
- Boda de la pluma y de la letra, (antología), 1985
- Más que señora humana, 1986
- El buen mudar, 1986
- Bajo el sol de la medianoche rojo, 1990
- En el restante tiempo terrenal, 1990
- Los talleres del tiempo: versos escogidos, 1992
- Acción de gracias, 1992
- Trechos del itinerario, (antología), 1998
- ¡Salve, Spes!, 2000
- En las hospitalarias estrofas, 2001
- La miscelánea íntima, 2003
- El alternado paso de los hados, 2006
- Sextinas, villanelas y baladas, 2007
- El alternado paso de los hados, (reedición aumentada), 2009

viernes, 14 de agosto de 2009

Concha García (España, 1956)

"...Dice
que cuando pierdes a alguien nunca
es exactamente
la misma persona quien regresa."



Lo de ella


Parte primera


1

Un mecerse suave
de día tras otro.
Lo encajado aconseja
agitarse sin dureza.

4

Deshielo de los fríos
azuzan el sentir.
Tiempo, ganas de decirlo
agitan
¿qué veredas?

10

Modos de muerte. Tan así
como perece este humo
hacia un lado
se ve.
Lo sabe quien lo sabe.

21

Soy su narradora
a veces, yendo hacia arriba
vemos sin vértigo
dos días de ansiedad.

25

Alargo lo que puedo
ir hacia allí,
pero me detengo
cruzo miradas sórdidas
con la que era.

31

Ser tantas contigo
y bailar los raros pasos
que conducen a la cueva
donde recuerdo mi rostro.

51

Lo de ahora no es
podría serlo.
Dicen las repeticiones
que raptan lo de atrás,
y delante, los tarareos.

65

Entonces
las horas que permanecí
dentro de la duración
fantaseé titubeos
lugares del no.

71

Esta disposición a dar vueltas
sin regresar de lugar alguno
lleva a tu boca lo no decible
ríos de pensamientos que callan.

72

Siempre, al aparcar,
detiene,
una mano como si quisiera
que un trozo de pasado
se quedara con ella,
en ese
instante en que no amanece
pero los pájaros gritan.

99

Fuimos
dos mujeres aventajadas,
varios días en aquella calle
donde me uní a una especie
de brindis por todo. La alegría
del no saber se destila
en un recuerdo compacto.

(Extracto del libro “Lo de ella”, publicado en 2003)



Lo siento
entorpecí los pasos. Lo siento.
No quiero rendir cuentas,
ni vestirme de oscuro.
Huelo a ti.
Almas que se invitan a cerveza
y coros que no saben qué hacer
con su saliva. Te amo a ti.
Lo dije desayunando,
pero qué importa
si a ellos les interesa solo
un breve paseo, aunque no lo detecté
eso es todo. Ahora una gabardina
o dos. La otra es tuya. Mi amor.
Los labios se ensanchan, son de carne
Y el mármol petrifica mi soledad,
qué asco, qué terrible el museo
de lo no vivo o lo que murió.
Qué asco.
Mi yo bebe
de la paradoja donde reinan
mudos entendimientos. Aquel pintor
se suicidó y ocho poetas también
pero hay mujeres que
taconean solas.


Pero árboles que ya florecerán.
Estancamiento en la visita.
no me llenes más. Días así,
de un apretado bienestar, caen,
dicen que caen cuando se secan,
me doblo en tres, soy tu ciudad
La manera de cruzarla. Te veo.
asentamiento de un barrio.
Dos cines para veinticinco mil almas.
perpetro en lo sabido ¿nunca dije?
cien grifos sacando agua
te amo en cada gota.
La proximidad entre dos cuerpos
no es una invención cultural.
Reírse así de fácil en noes
para escudarte a solas conmigo.
rellenas los envoltorios vacíos
y una sucesión de cromos
completa albums sin el peso
de las fotografías agujereadas
de ojos que ya no. Ya no.
Qué frío. ¿Qué son los años?

Hace mucho tiempo que las dudas
esparcidas significaban vacíos
las comprimió la sed de no estar
y melancolía. Alguien cabizbaja
pone los presentimientos al final
de estos muebles. Tomemos aisladas
en cuenta la belleza
allí donde se resquebraja
todavía más.
Y ahora ¿qué? Tic, tac,
en un suelo donde me podría
morder pero no estoy sola
¿o sí? Esto no es el final.
¿Ah, no? Cierra la puerta.

No estar es la distancia
entre la ventana y el regodeo
de la memoria. Si lo sueñas
todo perece. Emerge
la imagen preponderante del porvenir
inventado mediante saturaciones
de lugares que no se han visto
nunca. La verdadera dimensión
de la realidad está atrapada
en este recuerdo volátil
de lo que viví apretada entre las sábanas.

Desde la sala de estar
Porque en algún lugar tiene que situarse una
o en alguna parte, a veces
en la sala, otras en un recuento
de días y noches como bolas páginas
sin contenido especial
bolas redondas y chatas en los extremos.

Va comparando si fue más feliz
en la profusión de dos amores,
distintos ayeres,
y se sorprende al ver un estuche
cerca de ella, para qué.
y ahora está la calle
de más abajo, la de la panadería
un endeble olor esparce su aroma.
ya lo sé que ya está.

(Extracto del libro “Árboles que ya florecerán” publicado en el año 2001 )



Cansancio

Sentada es como si bebiera largos tragos de playa,
pócimas de tonterías y me cortase las uñas,
sin compañía. Es un cuento más, una residencia
cara. Piso el suelo con bocados de ansiedad
y me lleno de reliquias el cuerpo, salgo
asustando. Repito en larguísimo silencio
abulias y taconeo deslizándome sin prisa
por las avenidas buscando un no sé qué, aquello
que no se nombra porque no se sabe y acapara
gran parte del día ponerme bajo una sombra.
La que sea, a estas alturas elijo la que sea.


Retrato fingido

Algo de gozo, nunca un latido constante
y la forma de cerrar las ventanas
en un corredor resentido. Parece liviana.
Cuando surge de broches y maquetas es aún
silenciosa, turulata y cambiante
en recorridos viscosos. Parece loable:
sacrifica partículas con un tenaz
balbuceo entre toallas y peines.
Es yerta y fría: poco tocable. Se siente
masticadora enervante y poco lucrativa
si le deja la lluvia panorama distinto.
Descorre camino muy punzón si salida
es tener hipo con asco o si mira,
con un deshilvanado interés, la espalda
de una gruesa mirada comedora
de ornamentados alfajores. Recorre su tez
con los dedos; es larga la costumbre
de poner intervalos. Perdona si sabe.
Dice que nunca se exalta y es brava
la forma de no acentuar en absoluto
las sílabas. Tampoco mora.
Ni habitaría.

(Del libro “Otra ley” publicado en 1987)



Más allá de ser mujer

Estoy viva. Oigo pájaros
porque una cortina tapa la ventana.
pero estoy viva.
También estoy oculta
y me sumerjo en taburetes. Noto
que aprender a vivir es estimulante
para aprender a morir, pero estoy viva
en un pasadizo que me conduce
a voces que no me llaman
y piden ginebra a un hombre de blanco
vestido como un farmacéutico
de hace un siglo. Mis elucubraciones
me hacen pensar en la distancia
como si fuese abstracto estar en tres sitios
simultáneamente.


Escena en un mar

Todo lo que dice bordea el asunto.
Habla de tierra rara, de un hotel,
de varios obstáculos. Una mirada
complaciente casi le abraza. Llega
de un remoto trazo de letra. A cualquiera
no le escriben. Tengo miedo
de abrir los regalos, los dejo a la sombra
del mueble. Si hubiese en ellos
esa señal acabaría tirándome por la ventana.
Es mucho mejor que las habitaciones
de ese hotel... y después, fíjate,
resulta un desencanto el envoltorio.
Quiere lo que esconde la arena
ese vaivén que sólo el viento
es capaz de insinuar con su fuerza.
Me dice: Transcurren los días encerrada
todavía no he acabado la novela
me cuesta dejar la casa que no tuve
sueño con habitaciones sin puertas
hoy ha llovido. Me duele la cabeza.
A veces me eclipsa el tarot y me decido.
Aquel viejo ajuste de cuentas me preocupa
en sus melodías borrosas. Ya no es
la que era. ¿Quién es la que era?
Un trío de jóvenes afina la garganta
van a cantar y el ruido es espantoso.
Habla a borbotones y cae de su cabeza
un péndulo justiciero, una cana
que ha dejado henchido su corazón.
Mis planes están lejos
nadie ha oído nunca lo que dije.
Cuando llega la serpiente yo me enrosco
y construyo el hotel con soledades.
¿Quién lo habita? le pregunto.
Un camarero sesentón lee la prensa
tiene espalda de camionero y ojos
de haber visto pocas cosas. No nos mira.
Por fortuna todavía me queda tiempo
lo sueño en los libros. Estará
lleno de poetas. ¿Poetas?
Tu hombre antiguo está reproducido
en la caída de tu labio. Predices
un porvenir que sólo es concedido a los extraños.
¿Y por qué poetas? Porque están solos
y desayunaremos juntos. ¡Ah, cuánto
he amado! Qué hipócrita confesión
y qué sincera. Veo tu fingir estar despierta,
una voz que corre por la terraza
de una casa que tuve. Una barriga
indispuesta. Un ¿quién lo ha hecho?
¿A estas horas cómo pude haberlo hecho?
Pero qué hiciste. Sumisas decisiones
en el fondo. Y me repite: Todavía
soy hermosa, me dijo el ginecólogo
que se puede hasta los cuarenta y cinco.
Mis madrugadas son terribles
pongo música y recuerdo canciones
no te puedes imaginar lo que me pesa
el estribillo de las de cuna.
Todavía no hemos muerto. Otra cerveza.
Durante media hora se callan los músicos.
Me voy hacia atrás con ella,
nos percatamos de una vieja deuda
porque nos hemos equivocado de vaso.
Te quise tanto. ¿A mí? ¿A mí me quisiste?
¿Qué hora es? Tu deseo es confuso.
Fíjate, es una tierra sola que da al mar
llena de poetas desayunando conmigo.
Yo sé que tu ex amante desapareció entonces,
quería la gloria y se hizo famoso e inaccesible.
¿Cómo puedes reprochármelo?
Los misterios insondables no existen
si no se adora un cuerpo. Esta escena
de pasión me parece muy sórdida.
Es una tierra llena de rabia. Yo salgo
de una ventana y contemplo un mar
desgajado del paisaje.
Anula las huellas y pone pisadas.
Estamos rodeadas de ropa tendida
bamboleándose. Crecen arbustos
y se encaraman en una mesa plegable.
Veo restos de un desayuno entre varios,
la imaginación de los que estuvieron
ha formado una nube de pensamientos
que se deshace, como un recuerdo helado
sobre el cubo de fregar.
El agua estancada formula paradojas.
Tú tiras su contenido a la tierra,
la tierra llena de rabia desgaja los poemas
se traga los silencios, las muecas y los gestos
de los que aquí estuvieron.

(Del libro “Cuántas llaves” publicado en 1998)



Cúspide

U olvidar. Hacia atrás sueño.
La rareza de un bosque en un póster
sobre la aguja del reloj. Te tuve
cuando no te tenía, corre brisa
tanto corre que ventea. Un libro
y dos páginas leídas, qué cuerpo
tienes.. Ya no te quiero, qué hermoso:
ya no te quiero. Me da perplejidad
tomarte de la mano, y tus rayas
qué largas, no te vas a morir nunca.
Paseo de invierno. Es verano
fue trescientos sesenta y cinco días antes
más o menos, me miraba en el espejo
para peinarme y no amanecía.
Proyectaba aunamientos con nadie
más sola que tú. Conoces
el estertor y el declive.
Yo de fatiga, cuánto te quise.

(Del libro “Pormenor”, publicado en 1993)



Otra

Me gustaría ser un hombre de fino bigote
que toma el autobús,
no tiene heladas las manos.
Un hombre de estatura media
al que no le espera el bar
un hombre que charla
con un conductor de autobús
y le dice: ya he terminado
por hoy se acabó. Alguien
que sienta que por hoy se acabó
no tener manos heladas.
He acabado, le dice al conductor.
Tiene en los labios un deje de ilusión
es como si le esperase en alguna parte
otra cosa, no sé definir qué
clase de cosa puede ser
la que haga que alguien
de estatura mediana y con bigote
diga: he acabado. Me pregunto
qué clase de sensación
debe ser esa. Que haya acabado.
Y que probablemente haya acabado
clase de cosa puede ser
la que haga que alguien
de estatura mediana y con bigote
diga: he acabado. Me pregunto
qué clase de sensación
debe ser esa. Que haya acabado
y que probablemente haya acabado.
No sé qué puede haber acabado.
Se le nota en el habla.

(Del libro "Ayer y Calles", publicado en 1994)



Fuga

Cuando ganó el objeto de su amor
en tropel todas las que fue entraron en un barco.
La rigidez del capitán quiso ordenarlas
pero la neurótica H. se puso a fumar
como si sus dedos descifraran en el humo
el verdadero sentimiento de atemporalidad.
Así, floreció una ristra de ajos, cambió
la bombilla una mano desgajada,
la realidad se hizo invisible
y tomó mil aspectos que en el otro orden
se convirtieron en actos fallidos. Así
ver el mar, por ejemplo, todo marrón,
motivó que un olvido respecto a quién era
le hiciera mirar hacia un horizonte ladeado.
Y formó un hogar del deambuleo.


Sin dolor

Los primeros días
fueron un poco amargos, me refiero
a que la sensación se te ponía en la espalda
y se cumplía el designio.
Era un dolor como ajeno
un exceso de intimidad con ella,
un ir y venir de recuerdos que se tropezaban.
¿Cómo manifestarlo?
Si andabas apresurada, la calle no podía,
si por el rabillo del ojo
entraban las esquinas adorables
hechas de cemento, claro, también
de vidrios, y qué escaparates.
Una hermosa lata de atún del sur,
la sonrisa de la mujer
del dibujo, oh, qué momento,
mi madre poniendo la mesa
había sacado del cesto cien gramos
de todo el porvenir que le quedaba.


Traslado

Pone la ropa en vertical, que no se bambolee,
el viento va a ser del sur y traerá arena. Si los días
corriesen no tanto, si la dichosa cristalera
tuviese las juntas bien apretadas, si me hubiese
dicho alguien que todo lo que iba a durar
se lo iba a llevar un tonto olvido, hmm, me gusta,
pasear de arriba abajo por esta diminuta terraza.

(Del libro “Acontecimiento” de 2008)



Otros poemas:


Ante un café

Cuando su verdadera naturaleza
se reveló, había ánforas viejas
enfrente, y martini, eso le encanta,
un buen trago y todo parece
desubicarse. Ah, la razón
que ordena los lugares donde no se habita.


Entreabriendo la puerta

Cruje el tiempo.
Lo cercano se resquebraja.
Parte de un lugar el dedo
que no tiene mapa.
Se aspereza la causa
que lo movía todo.
La raya del vestido
se hunde en la plancha.
Levanta el vuelo
la piel que lo habitaba.


Monólogo de César Vallejo

Soy César: Un traje gastado, dos corbatas,
va a llegar noviembre como dije
en un poema. Un tragaluz
me pone sombras y soy una mancha
que nació sobre una silla. «Me
doy contra todas las contras», un día
me gustó el olor a manteca, el
dormitorio usado, la palangana sin brillar
y se metió una mosca en mi cuarto
mientras buscaba el origen de mi felicidad.
Caí azulado, estrepitoso y bello
como un soldado joven, sobre mi cama.
El aleteo sin zumbido del insecto me
recordó que soy poeta, que morí
cuando hilaba en los versos frases
como «hembra es el alma mía»,
y en una tahona me estremecí invisible
pues me chupaba los dedos,
me elaboraba goloso mientras yacía
y tomaba migas de bizcocho, sorbos
de leche, tratados de amor debajo
del brazo yendo hacia muchos otros cuartos.




Concha García (Córdoba, España, 1956)
Nació en La Rambla, un pueblito pequeño en Córdoba, Cataluña, en 1956 y se trasladó con su familia muy tempranamente a Barcelona, lugar en el que reside en la actualidad. Es licenciada en Filología Hispánica, presidenta de la Asociación Mujeres y Letras. Ha colaborado como crítica literaria en Insula, El Crítico, Revista de la Universidad de México, Turia, ABC Cultural, Letras Libres o Zurgai, entre otras. Actualmente colabora en el Avui Cultural de la ciudad de Barcelona.
Ha sido galardonada con varios premios literarios, como el Premio de Poesía Barcarola en 1987, habiendo sido finalista el año anterior en el mismo certamen. Recibió también el Premio Jaime Gil de Biedma en 1994. En los años 1986 y 1987, fue finalista en el Premio Ámbito literario.
Es codirectora de la revista literaria Ficciones. Pertenece al comité científico de los encuentros celebrados en Vigo en 1996, Córdoba en 1997 e Islas Canarias en 1998, en torno a la poesía escrita por mujeres.
Sus obras publicadas:
Poesía:
- Diálogos de la hetaira (Finalista del Premio Ámbito Literario 1986
Finalista del Premio Ámbito Literario 1987)
- Rabitos de pasas. 1981.
- Trasunto. 1985.
- Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas. 1986. (Finalista del Premio Aula Negra 1986, Accésit del II Premio Certamen Claraboya de Poesía 1984)
- Otra ley. 1987.
- Anagrama del acoso húmero. 1987.
- Ya nada es rito. 1988. (Ganadora del I Premio Barcarola 1988)
- Desdén. 1990.
- Horizontalidad. 1991.
- Pormenor. 1992.
- Extraño amarse. 1992.
- Poco a poco he dejado de ser 'ella' para ser 'una', 1994
- Ayer y calles. 1995. (Ganadora del I Premio Gil de Biedma 1995)
- Dos poemas, 1997.
- Cuántas llaves. 1998.
- Árboles que ya florecerán. 2001.
- Lo de ella. 2003.
- Acontecimiento. 2008

Otras publicaciones:

- Tres poetas del noroeste, 1993. Ensayo.
- Últimos poemas de Ingebord Bachmann. 1997. Traducción, con la coautoría de Cecilia Dreymüller.
- Invocación a la Osa Mayor de Ingebord Bachmann. 2000. Traducción, con la coautoría de Cecilia Dreymüller.
- Miamor.doc. 2001. Novela.

Los datos obtenidos de la reseña biográfica de Concha García no han podido ser mayores debido a la poca información circulante al respecto.
Puede escucharse a Concha García en una entrevista reciente realizada en el programa Estación Azul, de Radio Nacional, en España, presentando su última obra –Acontecimiento- y leyendo algunos de sus poemas, ingresando al sitio (muy recomendable) www.escritoras.com/escritoras/escritora.php?i=137.

lunes, 3 de agosto de 2009

Jorge Teillier Sandoval (Chile, 1935-1996)

"Se sabe, sin embargo, que la vida es eterna"


OTOÑO SECRETO



Cuando las amadas palabras cotidianas
pierden su sentido
y no se puede nombrar ni el pan,
ni el agua, ni la ventana,
y la tristeza ha sido un anillo perdido bajo nieve,
y el recuerdo una falsa esperanza de mendigo,
y ha sido falso todo diálogo que no sea
con nuestra desolada imagen,
aún se miran las destrozadas estampas
en el libro del hermano menor,
es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
y ver que en el viejo armario conservan su alegría
el licor de guindas que preparó la abuela
y las manzanas puestas a guardar.
Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada por la turbia
memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer:
las ramas se quiebran levemente,
el palomar se llena de aleteos,
el granero sueña otra vez con el sol,
encendemos para la fiesta
los pálidos candelabros del salón polvoriento
y el silencio nos revela el secreto
que no queríamos escuchar.

De "Ángeles y gorriones", 1956


LA TIERRA DE LA NOCHE



Abrir una ventana es como abrirse una vena.
Boris Pasternak

No hablemos.
Es mejor abrir las ventanas mudas
desde la muerte de la hermana mayor.
La voz de la hierba hace callar la noche:
«Hace un mes no llueve».
Nidos vacíos caen desde la enredadera.
Los cerezos se apagan como añejas canciones.
Este mes será de los muertos.
Este mes será del espectro
de la luna de verano.

Sigue brillando, luna de verano.
Reviven los escalones de piedra
gastados por los pasos de los antepasados.
Los murciélagos no dejan de chillar
entre los muros ruinosos de la Cervecería.
El azadón roto
espera tierra fresca de nuevas tumbas.
Y nosotros no debemos hablar
cuando la luna brilla
más blanca y despiadada que los huesos de los muertos.

Sigue brillando, luna de verano.

De "El cielo cae con las hojas", 1958




ANDENES

Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.

De "El árbol de la memoria", 1961




SI PUDIERA REGRESAR

Si pudiera regresar,
recobrar la oscuridad
que sucedió al griterío de los invitados
cuando alguien apagó de un soplo
las velas de la torta de cumpleaños.
Saber por qué sigo soñando
con esa mañana de caza
y el ruido del disparo que volteaba las perdices
se mezcla al de un puñado de tierra
lanzado a un ataúd.

Si pudiera regresar
¿te encontraría más nítida
que en mi memoria fiel?
La manera de ponerte
una cinta en el pelo,
el tren donde subíamos,
la canción que silbabas
cuando preparaste desayuno:
«I walk alone».
Si pudiera regresar.

De "Poemas del país de nunca jamás", 1963




LOS TRENES DE LA NOCHE
1
El puente en medio de la noche
blanquea como la osamenta de un buey.
Entre la niebla desgarrada de los sauces
debían aparecer fantasmas,
pero sólo pudimos ver
el fugaz reflejo de los vagones en el río
y las luces harapientas
de las chozas de los areneros.

2
Nos alejamos de la ciudad
balanceándonos junto al viento
en la plataforma del último carro
del tren nocturno.
Pronto amanecerá.
los fríos gritos de los queltehues
despiertan a los pueblos
donde sólo brilla la luz
de un prostíbulo de cara trasnochada.
Pronto amanecerá.
En las ciudades
miles de manos se alargan
para acallar furiosos despertadores.

Pronto amanecerá.
Las estrellas desaparecen
como semillas de girasol
en el buche de los gorriones.
Los tejados palpitan en carne viva
bajo las manos de la mañana.

Y el viento que nos siguió toda la noche
con cantos aprendidos
de torrentes donde no llega el sol,
ahora es ese niño desconocido
que se despierta para saludarnos
desde un cerezo resucitado.

De “Los trenes de la noche y otros poemas”, 1964




LA PORTADORA

Y si te amo, es porque veo en ti la Portadora,
la que, sin saberlo, trae la blanca estrella de la mañana,
el anuncio del viaje
a través de días y días trenzados como las hebras de la lluvia
cuya cabellera, como la tuya, me sigue.
Pues bien sé yo que el cuerpo no es sino una palabra más,
más allá del fatigado aliento nocturno que se mezcla,
la rama de canelo que los sueños agitan tras cada muerte que nos une,
pues bien sé yo que tú y yo no somos sino una palabra más
que terminará de pronunciarse
tras dispensarse una a otra
como los ciegos entre ellos se dispensan el vino, ese sol
que brilla para quienes nunca verán.

Y nuestros días son palabras pronunciadas por otros,
palabras que esconden palabras más grandes.
Por eso te digo tras las pálidas máscaras de estas palabras
y antes de callar para mostrar mi verdadero rostro:
«Toma mi mano. Piensa que estamos entre lamultitud aturdida y satisfecha
ante las puertas infernales,
y que ante esas puertas, por un momento, llenos de compasión,
aprisionamos amor en nuestras manos
y tal vez nos será dispensado
conservar el recuerdo de una sola palabra amada
y el recuerdo de ese gesto
lo único nuestro».

De "Poemas secretos", 1965




CRÓNICAS DEL FORASTERO



XXIII

Para qué me preguntas. Todos moriremos.
Eso no me ayuda.
No, realmente no.
Gunnard Ekelof

Lo que importa
es estar vivo
y entrar a la casa
en el desolado mediodía de la vida.

El río pasa recogiendo la calle polvorienta.
Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra,
pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.

Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al
descargar un saco de trigo,
el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria,
escuchamos el trote de los ratones entre los sacos
dormidos en la bodega,
y el oculto resplandor de las cosas
tiene un secreto revelado por los aromos.

Escucho el pitazo del tren
cortando en dos al pueblo.
El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas,
donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar,
el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací,
y fue fundado como un Fuerte
para defenderse de los mapuches
(todo eso era nuestro Far West).
El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña,
y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.

Si me pidieran recordar
algo más allá de las calles donde di los primeros pasos
no sabría mucho que decir.

Creo que he estado en otros países.
He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados
como trasatlánticos
llevar rostros fatigados de un matadero a otro.

«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos
cantantes y luminosos» , escribió Alexander Block,
pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.

Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo,
pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo.
Puedo rezar sin creer en Dios.
A las noticias del día
suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas
o contemplar los gorriones picoteando maravillas.
De nuevo alguien ve derrochar
los yuyos su oro al viento.

Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese,
alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian
nuevas guerras,
alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Quedaré solo en un bosque de pinos.

De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos.
Podré pronunciar mi verdadero nombre.
Las puertas del bosque se abrirán,
mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales
que entran y salen de él,
y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.

Debo enfrentar de nuevo al río.
Busco una moneda.
El río ha cambiado de color.
Veo sin temor
la canoa negra esperando en la orilla.

De "Crónica del forastero", 1968




CARTA A MARIANA

¿Qué película te gustaría ver?
¿Qué canción te gustaría oír?
Esta noche no tengo a nadie
a quien hacerle estas preguntas.

Me escribes desde una ciudad que odias
a las nueve y media de la noche.
Cierto, yo estaba bebiendo,
mientras tú oías Bach y pensabas volar.

No creí que iba a recordarte
ni creí que te acordarías de mí.
¿ Por qué me escribiste esa carta?
Ya no podré ir solo al cine.

Es cierto que haremos el amor
y lo haremos como me gusta a mí:
todo un día de persianas cerradas
hasta que tu cuerpo reemplace al sol.

Acuérdate que mi signo es Cáncer,
pequeña Acuario, sauce llorón.
Leeremos libros de astrología
para inventar nuevas supersticiones.

Me escribes que tendremos una casa
aunque yo he perdido tantas casas.
Aunque tú piensas tanto en volar
y yo con los amigos tomo demasiado.

Pero tú no vuelves de la ciudad que odias
y estás con quién sabe qué malas compañías,
mientras aquí hay tan pocas personas
a quien hacerles estas simples preguntas:

«¿Qué canción te gustaría oír,
qué película te gustaría ver?
¿ y con quién te gustaría que soñáramos
después de las nueva y media de la noche?».

De "Para un pueblo fantasma", 1978




HERMANA



A Marín Sorescu



Vivo en la apariencia de un mundo
Tú no sabes ni puedes saberlo
Tú no puedes conocer a mi hermana.
Yo mismo apenas la conozco
Porque murió antes de que yo naciera
Y esa llaga adelantó mi llegada.
Por crecí antes de lo debido
Y la primavera rápida hojarasca
Y el verano un congelado reloj de arena.
Ya sólo puedo yacer en el lecho de mi hermano muerta.
El vacío de mi hermana me sigue cada día.
Cuando yo muera habré muerto antes de su muerte

De "Cartas para reinas y otras primaveras", 1985




UN HOMBRE SOLO EN UNA CASA SOLA



Un hombre solo en una casa sola
No tiene deseos de encender el fuego
No tiene deseos de dormir o estar despierto
Un hombre solo en una casa enferma.
No tiene deseos de encender el fuego
Y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
Y a él no le importa estar dormido o despierto.
La escarcha ha empañado las ventanas
Pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contara una vieja historia
A ese hombre solo en una casa sola.
Una historia como las que oía en su casa natal
Historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
Un hombre solo en una casa enferma.

De “El Molino y la Higuera”, 1993




QUÉ HISTORIA ES ÉSTA

¿Qué historia es ésta y cuál es su final?
Ya no quiero ser más vendedor de palabras.
Ya mi cabeza está demasiado aturdida
y mi canción es sólo un montón de hojas muertas.

Me da lo mismo la ciudad que el campo.
Trataré de olvidar los poemas y los libros
abrigaré mi cuello con una vieja bufanda
y me echaré un pan en el bolsillo.

Oleré a mal vino y suciedad
enturbiando los limpios mediodías.
Y me haré el tonto a propósito de todo.

Y sin tener necesidad de triunfar o fracasar
trataré que la escarcha cubra mi pasado
porque no puedo sino hacer estupideces
seguir caminando en estos tiempos.

(Adaptación de Serguei Esenin)

De "Hotel nube", 1996




ESTACIÓN SUMERGIDA



Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba;
quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra,
encima el cielo deshaciendo su cabellera.
Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida,
un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias.
De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras,
y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados
devorando las cerezas maduras del sol.
Propicio tiempo para levantar cruces de barro
en el pecho de mapuches asesinados, para los caballos crepusculares
que se extravían en las acequias.
Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos,
voy a beber grandes tragos de poemas silvestres
veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas,
aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos,
hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios
a las antiguas bodegas de la noche.
Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas
en torno a la mesa de los días,
desconozco el tren que me dejó entre ellas,
viéndolas alimentarse de cantos estrangulados,
persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio.
Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan
del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente.
Una ola invade mi habitación, recuerdo a mi vecina
cantando hasta que el cielo le llenaba las manos de azul,
yo no besé esas manos, yo tenía al viento cordillerano
arañándome, y la muerte oculta tras viejas y profundas fotografías.
Aferrado a un puente de madera,
inclinado sobre las venas turbias de la noche
pasan botellas vacías, libros oxidados de relecturas,
el barrio de las prostitutas pobres
donde cierro los labios por no decir mi nombre.
No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber quién soy verdaderamente.
Me gustaría despertar con los labios húmedos
como después de los largos besos de las sabias primas,
como si estuviese tomando café servido por mis hermanas.
Pero si abro los ojos también estaré sumergido,
pues la lluvia hace girar su pausado gramófono,
mientras hay un nevar de alas deshechas por los días,
velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta,
helada como parroquias y confesionarios que no se desprende,
si la pudiese deshacer un brillar de días felices.
Ahora lo sé, he estado siempre despierto,
mirando silenciosamente la estación sumergida
donde los huesos de las nubes hilachean los árboles.
Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos-
pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.
Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
en la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos,
mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
y confusamente respira en el mar del invierno.

De “En el mudo corazón del bosque”, 1997






Jorge Teillier Sandoval (Lautaro, junio 1935 – Viña del Mar, abril 1996)

Jorge Teillier Sandoval nació el día 24 de Junio de 1935, en Lautaro, Región de la Araucanía, al sur de Santiago de Chile, tierra de la ancestral raza mapuche, donde transcurrió su primera infancia, viviendo muy cerca de las líneas del tren. Hijo de Fernando Teillier Morín y Sara Sandoval Matus, nieto de colonos franceses (Georges Teillier Panellier nacido en Ruffec, Charentes y de Melanie Morin, de la misma zona de Francia) que habían llegado décadas atrás a esa región. Tuvo dos hermanos, Sara, que falleció a los 2 años y que no llegó a conocer, e Iván, quien compartió el gusto por la poesía con Jorge y que, de hecho, publicó algunos poemarios. Estudió pedagogía en Historia y geografía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, en Santiago, adonde ingresó en 1953 y ejerció con tal título en el Liceo Lautaro durante 1 año. Muy tempranamente señaló su aptitud literaria, escribiendo poesías desde los 12 años de edad, aunque el mismo Teillier afirmaba que su primer verdadero poema lo escribió en Lautaro, en 1952, a los 16 años y lo tituló “Otoño secreto”. Trabajó también como periodista colaborando con diversas revistas y periódicos de Chile y dedicó prontamente su vida a la poesía. Así creó la Revista Orfeo de poesía, de la cual fue su director. Dirigió también la revista Clío y el Boletín de la Universidad de Chile. Un hermano suyo, Iván, gustó de su misma pasión por la poesía y publicó varios libros. Formó parte del grupo Trilce junto a Enrique Lihn, Efraín Barquero y Miguel Arteche.
Su residencia se movía entre el sur de Chile (su región natal) y la Región de Valparaíso, donde frecuentaba con sus amigos los distintos bares y restoranes de la zona, viviendo su bohemia con intensidad.
Contrajo matrimonio por primera vez con Sybila Arredondo, con quien tuvo dos hijos, Sebastián y Carolina. En segundas nupcias se unió a Beatriz Ortiz de Zárate, con quien estuvo hasta su muerte. Viajó con cierta regularidad tanto dentro como fuera de Latinoamérica, visitando Perú, México, Cuba, Panamá e Italia.
Su obre se hizo acreedora a varios galardones importantes, entre ellos el Premio de poesía Gabriela Mistral en 1962, el Premio Estímulo CRAV en 1963, el Premio Eduardo Anguita en 1993 y el premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile, entre otros.
Su obra poética vivencial, cargada de nostalgia (pero no de melancolía, una “alegre nostalgia” manifiesta en el anhelo de felicidad) y remembranzas de sus entornos originales, muy concreta y clara, llena de vívidas imágenes cotidianas llevadas a un realismo poderoso en imágenes. Su escritura clara y ausente de pomposidad hace que su poesía, nunca simplista, se lea con facilidad mientras evoca nítidas experiencias de vida. Algunos llaman “poesía lárica” a esta expresión poética, tan relacionada a su entorno material. Aunque su obra pugna por lo creativo, no escasea en estética, por el contrario, ésta aparece en forma natural en sus trabajos.
Vivió sus últimos años en ardua actividad poética, residiendo con mayor permanencia en La Ligua y Cabildo (Región de Valparaíso, Chile), en un viejo molino de madera (localidad de El Molino del Ingenio), visitado y visitando a sus amigos y colegas poetas con quienes sostenía animadas lecturas y tertulias.
Fue nombrado Hijo benemérito de la ciudad de Lautaro en 1994.
Murió a los 60 años en el Hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar el 22 de Abril de 1996 y sus restos mortales descansan en el cementerio de La Ligua. Días antes de su muerte había confiado a un amigo su último poema: “Si alguna vez mi voz deja de escucharse piensen que el bosque habla por mí con su lenguaje de raíces”.
Su obra poética:
-Para ángeles y gorriones, 1956
-El cielo cae con las hojas, 1958
-El árbol de la memoria, 1961
-Los trenes de la noche y otros poemas, 1961
-Poemas del País de Nunca Jamás, 1963
-Poemas secretos, 1965
-Crónica del forastero, 1968
-Muertes y maravillas, 1971
-Para un pueblo fantasma, 1978
-La Isla del Tesoro (con Juan Cristóbal, poeta peruano), 1982
-Cartas para reinas de otras primaveras, 1983
-Los dominios perdidos (Antología), 1992
-El molino y la higuera, 1994
-Hotel Nube (póstumo), 1996
-En el mudo corazón del bosque (póstumo), 1997
-Lo soñé o fue verdad (póstumo), 2003
También se ha publicado:
-La confesión de un granuja. Traducción con Gabriel Barra del libro del poeta ruso Sergéi Yesenin, en 1973
-Le petit Teillier illustré. Edición con poemas de Jorge Teillier y Germán Arestizabal con dibujos de G. Arestizábal, en1993
La invención de Chile, con Armando Roa, en 1994
Los trenes que no has de beber. Poesía de Jorge Teillier con ilustraciones de Germán Arestizábal, 1994
Poesía universal traducida por poetas chilenos, 1996
Prosas (recopilación de Ana Traverso), 1999
Entrevistas, 1962-1996 (recopilación de Daniel Fuenzalida), 2001
Póstumamente se han publicado varias antologías de Jorge Teillier